«Pensé que nunca haría de protagonista con estas cejas y estos dientes», solía pensar Luis Tosar de adolescente cuando se miraba en el espejo (y esa oreja derecha, con el lóbulo medio dañado, no se te olvide, Luis). Eran los años 80, y el de Lugo era otro más de los miles de chavales que no tenían demasiada idea de lo que querían hacer con su vida. Breakdance, meterse en los Grupos de Operaciones Especiales de las Fuerzas Armadas... Así de despistado estaba. No ayudaba vivir en un barrio de caminos de tierra poblados por «mucho quinqui».