El domingo acudí al Día de la Tostada. No por costumbrismo, sino por el porvenir de nuestro oro líquido, Mendia, que nace de nuestra tierra y del trabajo compartido. Lo vivido se queda muy grande para llamarlo protesta, fue una coreografía de afectos en movimiento: indignación que no se arrodilla, memoria organizada y pertenencia que pone el cuerpo. En Arróniz, donde más de la mitad del pueblo ha firmado contra la planta de biometano, se desplegó política de calle, de gente que no se chupa el dedo: rebelde, insurgente, comunitaria, serena, festiva y peligrosamente lúcida.