Me sacaron la última muela del lado derecho de la mandíbula inferior, una pieza prescindible a efectos estéticos y masticables. Puedo olvidarla, en fin. Lo que me resultó sorprendente fue que esa pieza se hallara en un lugar tan recóndito. ¿Puede, en un espacio tan pequeño como la boca, haber lugares recónditos? Parece que sí. De este modo al menos lo percibía la punta de la lengua cuando viajaba hasta allí para degustar el sabor eléctrico de la cicatriz. Hay algo inquietante en descubrir que el propio cuerpo posee, en lugares cercanos, zonas remotas, como si dentro de uno hubiera provincias apartadas a las que solo se accede tras una expedición. La lengua, que hasta ahora yo consideraba un órgano doméstico, se reveló como un animal curioso y obstinado. Cada poco, emprendía un viaje hacia el cráter recién abierto haciéndome sentir una especie de nostalgia anticipada.