La fisura

Todos tenemos un momento social álgido, una anécdota que sacar como un comodín en cenas y reuniones de club. La de mi padre -de la que sin embargo nunca le oí presumir- fue ser invitado a la boda de Marisol. No era poca cosa en los 60. Un día, hojeando un álbum de fotos, apareció traspapelada una imagen suelta, en blanco y negro, con filete y la definición magnífica de las de la época, en la que aparecía mi viejo con una Marisol altísima, guapísima, de ojos azules y tristes. Fue aquella la boda con Goyanes. El mío, sin duda, es haber cenado a la misma mesa que Carlota Casiraghi, y he presumido de ello todo lo que he podido. Supera en mi ranking a haber conocido a Obama y a haber charlado en “tête-à-tête” con Omar Sharif. Me enamoré de la abuela de Carlota viendo “Atrapa a un ladrón” y de su madre, y luego de ella, leyendo el ¡Hola!, una revista de la que se aprende mucho más de lo que la gente cree, el almanaque Gotha de los que no somos hidalgos. El día en que la tuve delante, de modo completamente inesperado, como una epifanía envuelta en Chanel, en una fiesta en Austria en la que por condición no me correspondía estar, pensé que había alcanzado el Olimpo social a los veintitantos y que ya me podía morir. Desde entonces, todo ha sido devenir. Me pareció tan bella como en las revistas. Su mirada recorría la estancia, en un gesto reflejo, como intentando detectar a algún fotógrafo agazapado en aquel velador. Parecía tímida e inteligente, y su voz era más grave de lo que uno podía imaginar. Carlota Casiraghi ha escrito un libro, “La fêlure” (“fisura” o “grieta”, en español), publicado en su original francés por la editorial Julliard. Es de esperar que lo traduzcan al español pronto. Me ha gustado mucho. En primer lugar, por su estructura, original. Pese a ser un libro personalísimo, en lugar de abordar los distintos temas que lo conforman a portagayola, desde un prisma estrictamente autobiográfico, se apoya Casiraghi en una serie de autores -desde Balzac a Scott Fitzgerald, pasando por Duras o Colette- para hacer una serie de variaciones sobre el objeto central de su texto, usándolos como un biombo tras el cual, tan púdica como osada, desnudar su alma al lector. Es un juego chinesco, intelectual y algo erótico, que busca desmontar, de modo tan racional como humano, la imagen que tenemos de ella, la de una persona nacida del privilegio, pero que se declara mortal e insegura, tímida y madre imperfecta, una cuya vida no ha estado exenta de momentos duros -la muerte de su padre con apenas cuatro años, la constante exposición pública, la banalización de su persona por ser quién es, una cierta sexualización…-. Hay algo reivindicativo en su libro, un grito en francés de “no soy lo que creéis” que el lector acaba por abrazar.  El hilo conductor de “La fêlure”, que no es novela ni ensayo, sino más bien un texto con un sustrato introspectivo, es la idea de la fisura como algo estructural  en el hombre moderno. No tanto como un defecto, una cicatriz que aparece con el tiempo, sino como algo propio y definitorio, una marca de origen, que sirve de puntero de nuestro destino. Todos tenemos la nuestra. Se trata, en definitiva, de explicar, por el sesgo de sus autores de referencia, esa disociación que todos llevamos dentro entre la persona que realmente somos, y la que queremos mostrar a los que nos rodean. Esa fisura no deja de ser la incoherencia entre los tres “yos” freudianos, a la que Casiraghi, licenciada en Filosofía, se acerca por distintos caminos: el social, el literario, el de la maternidad, el del feminismo, el de la exposición pública…y de cómo vamos construyendo nuestra identidad en torno a algo que creemos herida, pero que sólo es condición. Empleamos demasiado tiempo y esfuerzo en querer reparar algo por la estética, cuando se trata de un elemento eminentemente metafísico, una cesura que acaso sea la piedra rosetta que explica nuestra personalidad. En ocasiones, esa fisura trasciende el individuo y se establece como un rasgo de carácter a un grupo humano, a una tribu, cuando aquella forma parte del imaginario colectivo. “La fêlure” enmienda en algo la plana a la sociedad en sí misma, a sus códigos, presiones y exorbitantes expectativas, y, a través de la humanización que de sí misma hace la autora en su propio altar, nos humaniza en cierto modo a todos sus lectores, desvelando algo que todos sabemos pero que no siempre sabemos poner en palabras. Se trata, en definitiva, de poner en valor la vulnerabilidad que todos llevamos dentro, algo que ya se abordó desde el romanticismo hasta el psicoanálisis pero que nunca está de más recordar, pues leerlo nos da el respiro que todos, hasta una princesa guapa y riquísima, necesitamos cada día en este valle de lágrimas.