Café con leche con pescado, sopa con churros o queso curado con ketchup... las combinaciones raras de comidas son la inspiración para las Crónicas Perplejas de Antonio Agredano. Tuve una novia que mojaba las ruffles en nocilla. Como era tan guapa, cualquier cosa que hiciera me parecía perfecta, incluyendo ese mejunje. Mi amigo Víctor se comía las lentejas tras echarle un generoso chorreón de kétchup. En una heladería del barrio de Fátima probé el helado de pimientos del piquillo. Y yo fui uno de esos jóvenes que pidieron el montadito de anchoas con leche condensada cuando abrió una conocida franquicia en mi ciudad. Yo no sé si a mis hijos les estoy dando una buena educación o si cuando sean adultos ajustarán cuentas conmigo, aunque sea de forma íntima. Pero si algo quiero que no les falte nunca es la curiosidad. Que quieran saber, que quieran probar, que quieran inventar, que estiren los límites de lo cotidiano. Que no se conformen. Yo entiendo a todo el mundo, porque eso es la madurez, no compartir algunas cosas sin necesidad de censurarlas, pero no me entusiasma la gente que se acomoda. Que se encierra en sus rutinas. Que veranea cada año en el mismo sitio, en la misma playa, que nunca cambian su ruta, sentimental o física. Que todo lo fía a la continuidad. A lo estático. Creo que la vida es desconcierto. Hacer posible lo imposible. Creo que la vida es inquietud, vértigo, algo de locura. Decisiones atropelladas. Mohínes y sabores raros. Y si algo sale mal, aprender a soportar los pequeños dolores, las decepciones, los finales y los comienzos. No es el paladar, es la necesidad de ampliar el campo de batalla. De llegar más lejos. De no plegarse a las circunstancias. Porque somos mucho más de lo que esperan de nosotros y de nuestros contextos. No es probar una mezcla extraña de ingredientes. Es esa pulsión, esa necesidad, de salirse lo común y explorar nuevas emociones, nuevos caminos y aprender a convivir con nuevos miedos.