El sabor y el precio son los dos factores que más pesan en la decisión de compra de pescado en España. Sin embargo, esta elección se produce en un contexto de gran desconocimiento: casi tres de cada cuatro españoles (un 75%) valoran su propio conocimiento sobre pesca responsable como medio o muy bajo. Estas son algunas de las conclusiones principales del estudio “Qué sabemos de lo que comemos del mar”, presentado por Julio Morón, director gerente de la Organización de Productores Asociados de Grandes Atuneros Congeladores (OPAGAC). Julio Morón ha manifestado su “preocupación importante en cuanto a la falta de conocimiento que tiene la población” sobre el esfuerzo que implica llevar un pescado del mar a la mesa. El propio sector asume parte de la responsabilidad por no haber sabido transmitir esta realidad y, por ello, ha puesto en marcha iniciativas para “educar a la población para que comprenda cuánto cuesta producir el pescado”. Según el estudio, cuando se pregunta a los consumidores en el mercado, el precio emerge como el factor decisivo, seguido del sabor. Morón señala que, ante productos similares, la gente “prioriza la cuestión económica”. Es en este punto donde considera crucial introducir el “factor de responsabilidad”, para que el consumidor se pregunte si lo que come ha sido obtenido respetando la ley y las condiciones laborales de los marineros. El informe revela un dato que Morón califica de “esperanzador”: un 57,7% de los españoles estaría dispuesto a pagar más por pescado que garantice mejores condiciones laborales para los pescadores. No obstante, admite que una cosa es la intención y otra que el consumidor “actúe en consecuencia”, sobre todo por la percepción extendida de que “el pescado es caro”. Aclara, sin embargo, que existen “pescados para todos los precios”, desde un boquerón hasta el atún en lata, un producto asequible detrás del cual hay un gran esfuerzo. Frente a la idea de que la pesca esquilma los mares, Morón defiende que nadie es más consciente de la necesidad de cuidar el ecosistema que los propios trabajadores del mar. Él mismo lo afirma: “los pescadores son los principales interesados en mantener el recurso en buen estado, porque vivimos de ello”. Pone como ejemplo su propia flota, donde un barco cuesta unos 30 millones de euros y tiene una vida útil de 40 o 50 años, lo que obliga a una gestión responsable para asegurar el futuro. Gracias a esta gestión, explica, cerca del 95% de las especies de atún tropical en los tres océanos se encuentran en un estado óptimo. Esto se garantiza a través de certificaciones como Marine Stewardship Council (MSC), que acredita los criterios medioambientales. Pero Morón recuerda que existe una “segunda pata de la sostenibilidad”: la social, que vela por unas condiciones de trabajo decentes y seguras a bordo. Casi un 80% de la población considera a los supermercados como agentes clave para evitar productos obtenidos en condiciones irregulares. Según Morón, esto se debe a la confianza que generan y al dominio de las marcas de distribución, que en el caso del atún superan el 80% del mercado. “El consumidor considera que el supermercado tiene que ser el que me garantice que lo que me está dando corresponde a lo que debe ser”, apunta. Otro de los grandes problemas es el fraude en el etiquetado, especialmente en hoteles y restaurantes, donde “muchas veces te meten gato por liebre”. Morón pone el ejemplo del atún rojo, cuyo precio en muchos locales es demasiado bajo para ser auténtico. Por ello, anima al consumidor a ser más exigente y a preguntar activamente: “Oiga, ¿de verdad esto es atún?, ¿de dónde lo trae?”. En Europa, cerca del 70% del pescado que se consume es importado, y no todo cumple los mismos estándares que el producto comunitario. Finalmente, ante una “caída de consumo de pescado” que califica de “abismal”, Morón reivindica sus beneficios. Además de ser uno de los secretos de la longevidad en España por su contenido en omega-3, destaca un beneficio menos conocido: “comiendo pescado se está demostrado que se consigue mejorar muchísimo esos estados de depresión”. La razón es que su consumo favorece la secreción de serotonina, la llamada “hormona de la felicidad”.