Razón biográfica

Creo que fue 'Ideas y poder. 30 biografías del siglo XX' (2019) cuando utilicé por primera vez como 'definición' del libro el concepto de 'razón biográfica', concepto que aparecía en el prólogo y que los editores (no yo) destacaron con caracteres desusadamente grandes ('Razón biográfica del siglo XX'). He escrito solo una biografía, 'Franco. Autoritarismo y poder personal' (1985), que no fue idea mía sino una propuesta editorial, biografía que, merezca el juicio que sea, no tiene, además, en modo alguno la ambición, amplitud y calidad de biografías posteriores o del propio Franco (y las hay numerosas, escritas, por ejemplo, por Paul Preston, Enrique Moradiellos, Julián Casanova, Stanley G. Payne, Ricardo de la Cierva, y un largo etcétera) o de muchos otros protagonistas de la historia española. Ignoro qué valor pueda tener que, además de 'El Conde-Duque de Olivares' (1986), el magistral estudio de John H. Elliott, yo estime especialmente las biografías de Anna Caballé sobre Concepción Arenal, de Unamuno por Jon Juaristi, Isabel II y Emilia Pardo Bazán de Isabel Burdiel, Azaña de Santos Juliá, Maura de María Jesús González, Ortega de Javier Zamora, Marañón de López Vega, Baroja de José Carlos Mainer, y Urgoiti, Juan March y Polanco de Mercedes Cabrera. Lo importante es, o así lo entiendo, que desde los años noventa del pasado siglo la biografía fue recuperada por la historiografía española como género historiográfico. La recuperación española fue, además, paralela a la que se produjo en Francia, como lo demuestran la publicación, en 1987, de nada menos que 45 biografías académicas, así como la creación del premio nacional de Biografía en ese mismo año y del premio Goncourt de Biografía en 1999, más las brillantes biografías 'Guillaume le Maréchal' (1984) de Georges Duby, 'Saint Louis' (1996) de Jacques Le Goff y 'Pétain' (1987) de Marc Ferro –por citar solo tres ejemplos–, y los ensayos de teorización de la biografía como historia de François Dosse, 'La apuesta biográfica. Escribir una vida' (2005) y de Sabina Loriga, 'Le petit X. de la biographie à l'histoire' (2010). Ello importa porque la recuperación de la biografía en Francia fue especialmente significativa. Respondió, en efecto, a tres razones: a la crisis (años setentas-ochentas del XX) del marxismo y de la historia cuantitativa y serial; al nuevo interés de la historia cultural del país por las 'experiencias de vida' y los estudios de casos individuales; y a la recuperación del 'gran hombre' –como arquetipo o del héroe o del mito o de las formas del poder– como 'territorio del historiador'. En mi caso, la preocupación por el estudio biográfico fue anterior a la década mencionada y tuvo un doble fundamento: historiográfico y filosófico. El fundamento historiográfico tuvo a su vez un doble origen: por un lado, la idea de Thomas Carlyle sobre que la historia «no es sino la esencia de innumerables biografías» –que apareció en su ensayo 'Sobre la Historia' de 1838– y el pequeño, pero muy conocido, libro de Lytton Strachey, 'Victorianos eminentes' (1918), cuatro refinadísimas y maliciosas biografías (del cardenal Manning, de Florence Nightingale, del educador Thomas Arnold y del general Gordon), un ejercicio de demolición de la Inglaterra victoriana; y por otra parte, la frase, que me divirtió mucho, del gran historiador italiano especialista en historia antigua, Arnaldo D. Momigliano, en el prólogo a su obra 'Génesis y desarrollo de la biografía en Grecia' (1971), de que cuando él era joven (Momigliano nació en 1908 y falleció en 1987) «los estudiosos escribían historia y los caballeros escribían biografías» (para que no se entienda mal: pertenezco al género de los estudiosos y no, al de los caballeros). La razón filosófica de mi preocupación biográfica tiene también, según entiendo, enjundia considerable: la idea de Dilthey, el filósofo alemán de que la biografía expone «el hecho histórico fundamental, de una manera pura, completa, en su realidad»; y la de Ortega y Gasset, de que la biografía no es sino la expresión esencial de la realidad radical que es la vida. De donde, de forma inevitable, se derivó mi interés, también temprano, en los ensayos biográficos del propio Ortega (Mirabeau, Goethe, Vives, Velázquez, Goya), Sartre (Baudelaire, Mallarmé, Genet, Tintoretto y Flaubert) y Marañón (Amiel, Olivares, Tiberio, Vives, Antonio Pérez, Cajal y Feijóo). «Razón biográfica» –concepto que aparecía en 'Ideas y poder. 30 biografías del siglo XX' y que reaparece en 'Vidas españolas. Razón biográfica de España' (siglos XVI-XX), escrito por Ricardo García Cárcel y por mí mismo en 2026– es, y creo que a nadie se le oculta, una paráfrasis evidente (el responsable, quede claro, soy yo y no García Cárcel) del concepto de 'razón histórica' de Ortega (y, antes aún, de Kant: 'razón pura', 'razón crítica'). Esto es, por simplificar, la razón entendida como la capacidad o facultad que permite alcanzar el conocimiento, fundamento, como es sabido, de todo el racionalismo filosófico. La biografía es, al menos desde mi perspectiva, una categoría de la historia. Lo son también otros conceptos que, sin un desarrollo formal, he ido mencionando en distintos trabajos historiográficos; conceptos o, si se prefiere, criterios historiográficos como azar, situación, posibilidad, error, historia alternativa, accidente o contingencia. Para simplificar, lo que quiero transmitir ya lo expresó muy bien H.A.L. Fisher, historiador de Oxford, en 1935, en su 'Historia de Europa': «Hombres más inteligentes que yo han discernido en la historia una trama, un ritmo, una lógica predeterminada. Tales armonías se me ocultan. Solo soy capaz de ver que una emergencia sigue a otra, como una ola sigue a otra ola…» Las categorías vienen a ser, evidentemente, lo mismo que 'propiedades esenciales' o 'nociones capitales' de aquello de lo que se habla y se predica. Al considerar el azar, el accidente, el error, la posibilidad y la biografía como categorías de la Historia, quiero decir que estos conceptos son propiedades esenciales o capitales de la historia, que el historiador no puede ignorar al estudiar y explicar el pasado. O, como lo expresó de manera irónica y punzante A.J.P. Taylor (1906-1990), otro gran historiador británico de Oxford: los historiadores ven causas profundas donde no hay sino el error de un ministro. Es por todo ello que considero que, sea cual sea el juicio que merezca, 'Vidas españolas. Razón biográfica de España', el libro de Ricardo García Cárcel y mío, prologado por Javier Gomá, nada tiene que ver con un diccionario biográfico –innecesario en España tras la versión digitalizada del excepcional 'Diccionario biográfico' de la Real Academia de la Historia–, una obra además en constante renovación. 'Vidas españolas' es, más bien, una historia de España contada a través de biografías –algunas de ellas retratos colectivos– que García Cárcel y yo consideramos significativas. La razón es clara: la razón histórica es también razón biográfica, porque la biografía muestra siempre al ser humano enfrentado a una situación concreta.