Crítica de 'Hasta la montaña' (**): La lírica y la épica de la vida pastoril

Aunque película canadiense, trata un asunto que afecta al mundo entero y especialmente al olvidado mundo rural europeo, cuyos campos, montañas, zonas agrícolas y ganaderas forman ya más parte del paquete turístico o del parque temático que de la tierra que nos tiene que abastecer. Su directora, Sophie Deraspe, persigue con la historia que cuenta esos ideales que vinculan al hombre con la n aturaleza y a los esfuerzos, peligros y malvivencias que también le ocasionan. El protagonista es un joven que huye de su asfixiante Montreal y busca en la Francia montañosa una nueva vida como ¡pastor de ovejas! Con ese espíritu pastoral que ya no se veía desde algunos capítulos de El Quijote. No hay que entenderlo, ni tampoco a la joven funcionaria que lo sigue acarreando merinas por la montaña, pero lo cierto es que la sana mirada de la directora recoge y muestra la felicidad de estos seres extravagantes en paisajes idílicos y también a ratos temibles. Es una historia hermosa y que, insospechadamente, atrapa el ojo y el sentimiento del espectador, y en su peripecia se apuntan el abandono y los desajustes de la política funcionarial de la Comunidad Europea con estos sectores rurales, su huerta y ganadería. Se apunta el miedo, las precauciones, sacrificios y ruindades en un mundo que huele su desaparición, y se muestra toda esa coreografía olvidada de la trashumancia, el esquilado, el recuento y los aullidos del lobo. Se ve cómodos, a pesar de los pesares, a sus dos protagonistas, Felix-Antoine Duval y Soléne Rigot, tienen la naturalidad y la simpatía para no dejarte en el camino. Aunque, no hay por qué ocultarlo, se sale de la película con un cierto olor a oveja y con pocas ganas de enfrentarte a unas chuletillas de cordero.