'El jardín de los cerezos': si Dios pudiera ayudarnos

Vuelve a los escenarios de Madrid ' El jardín de los cerezos ', de Anton Chéjov . Y lo hace a lo grande. Apostando por no hacer un montaje aburrido y mostrar esa hondura vestida de sencillez, esa monumentalidad que adquiere toda vida cuando se mira a través de una lupa, y además poniendo en marcha la maquinaria tan implacable de una realidad individual, familiar o social hasta convertirla en un juego de marionetas. O tal vez en un juego de locos. Tanto Juan Carlos Pérez de la Fuente , en la dirección, como Ignacio García May , en la adaptación, han logrado que la obra hable desde sí misma, con sus propios códigos y su propia estética, que estos seres atrapados entre dos mundos, entre dos tiempos, nos cuenten su propia comedia vital y su responsabilidad, sin juzgarlos sumariamente sino mostrando sus texturas emocionales, abismos e hipocresías. Con indudable acierto se hace hablar a la Rusia de finales del XIX, no solo en el vestuario o en la ambientación musical, no solo en la dialéctica de amor y odio que Rusia secularmente produce en los propios rusos («un país sin civilizar», «un país que no me conviene» y sin embargo «qué misterio nos une siempre a ti») sino sobre todo en esa sociedad donde la decadencia de una aristocracia pusilánime, llena de prejuicios, pierde el pulso con esa nueva clase social burguesa. El 22 de agosto no solo se va a subastar la casa de la infancia y el jardín de la memoria («ese desde el que cada hoja y cada rama hay gente del pasado que nos contempla»), sino todo un tiempo, un paraíso de cuyas ruinas parece nacer un monstruo, ese nuevo tiempo moderno con los bolsillos llenos de dinero. «Si Dios pudiera ayudarnos» , se repite constantemente en la obra, pero ese Dios ya no oye, ya no tiene piedad, tal vez porque en algún momento él también fue abandonado por amores fatales, inconsciencias y derroches y dejó a estos seres humanos solos. Pérez de la Fuente y García May han creado un artefacto dramático tan ortodoxo (aunque con sus licencias y sus sorpresas) como intenso, tan real que hiela y perturba. En él no solo se expía el pasado, sino que se refleja un modo de ser que se parece mucho a nuestro presente: negocios, poder, dinero, aunque haya que sacrificar el amor. Los aciertos de este montaje son muchos desde el punto de vista escenográfico: la sugerencia y la belleza de los decorados, la iluminación y esa mezcla de naturalidad, esperpento y emoción que está detrás de cada una de las interpretaciones. Incluso el físico de cada uno de ellos parecen responder a la caracterización del tipo humano que representan. Impresiona y conmueve este 'Jardín de los cerezos'. Pérez de la Fuente ha vuelto a darnos una lección de rigor, de sabiduría y de sensibilidad.