La noche que el franquismo pudo volver

Hace muchos años, cuando era joven, acudí por primera vez una tarde de primavera, en compañía de una novia que tuve, al Café Gijón de Madrid. Por aquel entonces el interior del local todavía se encontraba casi como en su época gloriosa, cuando todo aquel que quisiera ser algo en el Madrid de la literatura, el cine, el teatro o el arte debía pasar, de manera obligatoria, un par de tardes a la semana en el Gijón. Cuando abrí la puerta para dejar pasar a mi acompañante no pude evitar un estremecimiento. Algo parecido a lo que sentí la primera vez que subí la escalinata que conducía al Partenón de Atenas o cuando entré en la habitación de Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente. El café Gijón, su historia, resume por sí sólo la historia de Madrid y, en cierta forma, la historia de España. Durante mucho tiempo Madrid fue el epicentro de la política en España, desde principio del siglo XX, y resulta evidente que buena parte de los políticos de finales del reinado de Alfonso XII y los primeros años de la Segunda República se bregaron y se dieron a conocer en las tertulias de los cafés como fue el caso de Manuel Azaña. Así que cuando entré en Gijón toda aquella historia y mis lecturas de aquel lugar me subieron de golpe, como quien dice, a la cabeza. Tuve que sentarme lo más rápido posible.