La sombra de Tejero y el país que nunca preguntó

Con él se apaga la última respiración de aquel ruido metálico que estremeció el Congreso de los Diputados en la tarde del 23 de febrero de 1981. En su retiro silencioso, como buen nacionalcatólico se arrepintió sólo ante Dios y sin dar explicaciones. Y, sin embargo, su nombre vuelve a resonar porque el país, más de cuarenta y cinco años después , y en el mismo día de desclasificarse documentos, sigue sin conocer toda la verdad de aquella jornada que separó el miedo de la democracia. El 23-F fue mucho más que un golpe fallido. Fue un espejo que el Estado colocó frente a sí mismo y en el que, al verse reflejado, decidió guardar silencio. Aquel día, Tejero irrumpió en el hemiciclo pistolón en mano , ejecutando lo que creía una orden legítima. Detrás de él había sombras más altas, más discretas y más viejas que la suya. Hombres de galones dorados, de despachos amplios, de teléfono directo con Zarzuela . Alfonso Armada y Jaime Milans del Bosch . Dos nombres que, sin Tejero, no se entenderían, y sin los cuales Tejero habría sido un loco solitario. El primero, tutor y consejero del rey. El segundo, veterano de la División Azul, símbolo de una vieja España que no acababa de marcharse. Ambos fueron condenados, ambos fueron después perdonados. Los juristas lo llamaron amnistía, los viejos coroneles lo llamaron justicia entre iguales. El rey , según la versión oficial, salvó la democracia . Lo hizo con un uniforme de capitán general y un mensaje televisado que todavía se estudia como un acto de firmeza constitucional. Pero bajo ese uniforme había, también, una red de amistades, de antiguos afectos militares , de silencios de familia. Y ahí empieza el territorio del misterio. Nadie puede afirmar que Juan Carlos I conociera la trama. Tampoco puede afirmarse, con la misma rotundidad, que no la oliera. Dejemos que los historiadores, después de conocer algunos documentos considerados secreto de Estado, despejen dudas y se puedan hallar respuestas. A los españoles nos enseñaron pronto a convivir con lo no dicho, nos educaron para olvidar. El pacto de la Transición no sólo fue político: fue también emocional . Una democracia que no quiso reabrir heridas decidió también cerrar los ojos. Tejero fue condenado, sí, pero su figura cumplió otra función: la del villano visible. Mientras su imagen quedaba fijada para siempre en el fotograma del Congreso, otros nombres se diluían en el aire de la historia. El hombre que gritó “¡Quieto todo el mundo!” se convirtió en el guardián involuntario del secreto de todos. Cuando salió de prisión en 1996, Tejero se retiró a su casa de Torre del Mar . Vivió sin entrevistas, sin arrepentimiento, sin ruido. España, ya instalada en su normalidad europea, apenas lo recordó. Pero de vez en cuando, un aniversario, un documental, una frase del rey emérito , y el fantasma volvía a pasar. El 23-F es una herida sin sangre: una historia congelada en el tiempo , cubierta por el barniz del mito y la necesidad de no incomodar a los cimientos del régimen del 78. Falleció Tejero, sí. Pero no murió el silencio. Los secretos de Estado 47 años después siguen intactos, la inviolabilidad del monarca sigue escrita en mármol. La democracia española no teme ya a los sables, sino a las preguntas . Y quizá esa sea la verdadera herencia del 23-F: no el fracaso de un golpe , sino la consolidación de un pacto de silencio que aún hoy nos protege de nosotros mismos. ___________________________________ Juan Antonio Gallego Capel es funcionario de carrera de la Administración de la Región de Murcia, socialista, defensor del Estado federal, laico y republicano.