Por un lado las cosas suceden y luego suceden para cada uno de nosotros. El 23 de febrero del año 1981 tenía trece años y, como si tuviera un presentimiento, el día se me oscureció cuando mamá me dijo que no iría a clase de francés. «¿Por qué?», le pregunté. Como buena madre me dijo: «Porque lo digo yo». Y yo me quedé parada y triste porque en esa clase había un chico al que le gustaban mucho los helados con sabores brillantes y mientras la profesora hablaba, él me los dibujaba en su libreta y yo los degustaba en mi imaginación y en esos instantes todo parecía estar bañado de esos sabores que eran de coco, marfil y arándanos o de café, rosa y oliva. La magia del primer amor. Pero ese día no habría helados en su libreta ni mariposas en mi estómago, porque unos señores, muy lejos de mi amigo y sus helados, habían decidido entrar en el Congreso de los Diputados y dar un golpe de Estado y pegar unos cuantos tiros para que la cosa pareciese más severa, también más seria y sobre todo muy oscura. «¿Ahora entiendes por qué no te he dejado ir a clase, verdad?», me preguntó mi madre y le dije que sí porque también me contó que papá ese día no dormiría en casa.