Algunos pensadores parecen tener vocación de doble agente, como los que aparecen en los relatos de John Le Carré. Este es el caso del catedrático de la Universidad de Sevilla, José Barrientos Rastrojo, un auténtico “jardinero fiel” que lleva muchos años haciéndose oír en los foros académicos con el estigma de ocuparse de la denostada “filosofía aplicada”, “filosofía práctica” o “filosofía experiencial”, pero sin desdeñar el rigor y las pretensiones sistemáticas de amantes de la teoría tan diversos como Theodor W. Adorno o Emmanuel Mounier. Su paso por el mundo de las instituciones es correcto y silencioso hasta que la vehemencia se apodera de su discurso en encuentros, simposios, congresos y conversaciones privadas, mostrando cuáles son sus pasiones intelectuales más marcadas con firmeza y ecuanimidad, tanto en España como en Hispanoamérica, donde es una celebridad, mal que le pese. Y así como Antonio Escohotado ha pasado a la historia como el filósofo de las drogas (o “el de las drogas”, para simplificar), es difícil que José Barrientos se pueda desprender del apelativo: “el de las cárceles”. Les recomiendo, en este punto, su lúcida intervención en el apartado dedicado a la filosofía practicada en centros penitenciarios en el documental ‘La cuestión Helena’, realizado por Ricardo Barby para Canal Sur (2025). Russell hizo bien en estudiar a fondo el impacto epistemológico de las “descripciones definidas” como la “del actual rey de Francia”, tenga o no alopecia. La sociedad líquida y la velocidad de vértigo de nuestro tiempo nos ha jugado esta mala pasada y, como era tradicional en muchos pueblos españoles, a los filósofos profesionales de cualquier género imaginable se les conoce y reconoce por su mote, más que por sus méritos éticos y dianoéticos.