El intento de golpe de Estado del 23 F tiene una especial relación con Málaga. No sólo porque nuestro alcalde era por aquel entonces diputado y estuvo ese día en el hemiciclo, sino también porque Antonio Tejero, el golpista que dirigió la toma del Congreso, era natural de nuestra provincia, concretamente, de Alhaurín el Grande. Como decía Gandalf el Gris, «toda buena historia merece ser adornada», y el adorno final de la historia del 23 F viene dado por una coincidencia perfecta: el día que desclasifican los documentos que rodearon a la trama golpista, fallece Tejero. Oro para los conspiranoicos. No creo que Tejero merezca honores, pero sí que lo merecen los diputados, y algunos de ellos especialmente, que fueron secuestrados aquel día. Y, por comparación, merecen deshonra los diputados contemporáneos que han convertido el templo de la democracia en poco más que un twitter analógico donde se compite por ver quién pronuncia el zasca más ingenioso. Es bochornoso que tengamos que echar de menos la actividad parlamentaria de los primeros pasos de la democracia. Una época en la que, con la dictadura tan reciente, eran capaces de hablar y entenderse quienes encarnaban opciones políticas antagónicas. Hemos hecho del Congreso un lugar donde tirarnos trastos a la cabeza, con deficiente oratoria, y donde no se habla de los problemas reales de la gente. Lo revolucionario hoy en día será que alguien tome la palabra, trate con respeto a los adversarios políticos y vaya al grano, poniendo el foco en los verdaderos problemas a resolver. Lamentablemente necesitaremos otro 23 F u otra guerra para que esto pase, porque así somos los españoles, que necesitamos desgracias para estar a la altura.