La inteligencia artificial (IA) ha dado un salto abismal también en el entorno emocional, aunque más silencioso. Se ha adentrado en el terreno más íntimo de las emociones humanas. Los nuevos sistemas de IA emocional-o affective computing- se diseñan para detectar estados de ánimo, interpretar expresiones emocionales e incluso simular empatía. Una sonrisa que no existe, un consuelo programado, unas palabras empáticas que producen confort, una pregunta que parece hecha desde la cercanía. Pero todo esto, aunque fluye no lo siente la máquina. Todo es un simulacro.