La ciudad de Zamora vivió una tarde de recogimiento y profunda emoción con la despedida de José Ángel Rivera de las Heras. Minutos antes de las cuatro, las campanas de la iglesia de Iglesia de San Ildefonso comenzaron a sonar con ese tono grave que anuncia la pérdida de uno de los suyos. Media hora después, el templo acogía una multitudinaria celebración exequial en la que sacerdotes, fieles, amigos, antiguos alumnos, investigadores y representantes de la vida cultural y política quisieron acompañar a la comunidad cristiana en su adiós. José Ángel Rivera no fue solo un sacerdote más. Durante más de 35 años ejerció su ministerio con entrega, discreción y una profunda vocación de servicio, especialmente en el ámbito del patrimonio religioso. Su vinculación con la parroquia de San Frontis y su responsabilidad al frente de la Delegación de Patrimonio dejaron una huella que hoy se percibe tanto en los templos como en la memoria colectiva de la diócesis. La celebración estuvo presidida por el obispo de Zamora, Fernando Valera, quien pronunció una homilía cargada de humanidad. Recordó con emoción su último encuentro con el sacerdote en el hospital y puso palabras al vacío que deja su marcha: en su familia, en su parroquia, en el presbiterio y también en el ámbito académico, donde era reconocido como uno de los grandes estudiosos del arte sacro. Lejos de ofrecer un consuelo superficial, el obispo centró su mensaje en la esperanza cristiana. Subrayó que la fe no elimina el dolor, pero lo transforma, y recordó que es Cristo quien sostiene a la Iglesia en los momentos de prueba. En un templo sobrecogido por el silencio, resonaron palabras que invitaban a seguir adelante no por las propias fuerzas, sino desde la confianza en Dios. Si algo definió la vida de José Ángel Rivera fue su capacidad para unir fe y cultura. Dedicó décadas a estudiar, conservar y difundir la riqueza del arte sacro, convencido de que en la belleza también se revela el mensaje cristiano. Publicaciones, exposiciones, museos y catálogos forman parte de un legado que permanecerá como testimonio de su pasión por el patrimonio y su amor a la Iglesia. El obispo lo expresó con claridad al afirmar que ha sido “un regalo” para la diócesis y que su herencia perdurará en sus escritos y en su labor pastoral. No faltó tampoco una exhortación a los sacerdotes a vivir su ministerio con humildad y entrega, siguiendo el ejemplo de quien hoy es despedido. Zamora llora la pérdida de uno de sus hijos más comprometidos, pero lo hace aferrada a la esperanza que él mismo predicó y vivió. La comunidad cristiana proclama que la última palabra no es la muerte, sino la vida en Dios. José Ángel Rivera descansa ya en Aquel al que sirvió con inteligencia, sensibilidad y una vida enteramente entregada.