Enchufar una regleta a otra regleta es uno de esos gestos cotidianos que se hacen sin pensar, sobre todo en viviendas con pocos enchufes o zonas de trabajo improvisadas. Sin embargo, los expertos en seguridad eléctrica advierten de que esta práctica multiplica el riesgo de sobrecargas, cortocircuitos e incendios domésticos, y está expresamente desaconsejada por las normativas de seguridad. El problema es que no se trata de un fallo inmediato ni espectacular. En la mayoría de los casos, el peligro se va gestando lentamente, sin ruidos ni chispas, hasta que el sistema eléctrico falla. Las regletas están diseñadas para conectarse directamente a un enchufe de pared y soportar una potencia máxima, que suele situarse en torno a los 3.500 vatios en instalaciones domésticas estándar. Cuando se conecta una regleta a otra, toda la electricidad de los dispositivos enchufados pasa por un único punto de entrada, concentrando la carga eléctrica en un solo cable, un solo enchufe y una sola toma. Electricistas profesionales explican que esta práctica genera muchos problemas: cada conexión adicional añade resistencia, lo que provoca pérdidas de energía en forma de calor. Ese calor acumulado puede degradar el aislamiento de los cables y deformar los componentes plásticos, creando el escenario perfecto para un cortocircuito o una ignición. Uno de los aspectos más peligrosos es que las sobrecargas progresivas no siempre activan el interruptor automático o el diferencial. Según organismos de prevención de incendios, cuando el exceso de consumo se produce de forma gradual, el sistema puede mantenerse activo durante horas mientras los cables se calientan por encima de los límites seguros. La National Fire Protection Association (NFPA), referencia internacional en seguridad contra incendios, vincula el uso incorrecto de regletas y alargadores con miles de incendios residenciales cada año, muchos de ellos originados por sobrecalentamientos en conexiones múltiples. En estos siniestros, el fuego suele iniciarse en zonas poco visibles, como detrás de muebles o bajo escritorios, lo que retrasa la detección y agrava las consecuencias. Viviendas antiguas, aumento del teletrabajo y la proliferación de dispositivos electrónicos han convertido a la regleta en un elemento imprescindible. El problema surge cuando se utiliza como solución permanente y no como lo que es: un recurso puntual. Los bomberos insisten en que ningún dispositivo diseñado como provisional debería asumir cargas constantes ni elevados consumos eléctricos. La recomendación profesional es clara: nunca se deben encadenar regletas ni utilizarlas para aparatos que generen calor o demanden mucha potencia. Si faltan enchufes, la solución segura pasa por ampliar la instalación eléctrica con un técnico cualificado, no por multiplicar conexiones improvisadas. La norma básica que repiten electricistas y servicios de prevención es sencilla y contundente: si un aparato puede calentarse, no debe conectarse a una regleta, y mucho menos a una regleta enchufada a otra. Un pequeño gesto puede marcar la diferencia entre una casa segura y un incendio evitable.