Más allá de los valores alimenticios y nutricionales de la comida, sentarnos a la mesa también es un ejercicio de disfrute de los sentidos. Comer se puede convertir en una celebración en la que el placer gastronómico es tan importante como el mero hecho de comer porque se tiene hambre. Por ello, conseguir armonizar, destacar, enriquecer aromas y sabores es una búsqueda constante.