Revisar un clásico tan conocido como el Lago de los Cisnes siempre es arriesgado. Hay que conocer muy a fondo el ballet para atreverse a crear nuevas coreografías con la enorme presión de las sagradas y perpetuas hechas por Petipa y que todo el mundo conoce. Y sin embargo, Víctor Jiménez logra inundarnos del verdadero espíritu de la obra trasladando a los espectadores, a través de los bailarines-cisnes, la dicotomía de la blancura y negrura que todos tenemos dentro. Una cita expresa, al comienzo, del dios Jano, el de las dos caras nos da la pista. No hay un príncipe protagonista, con la búsqueda de su princesa, sino espléndidos momentos luminosos (vals) en los que todos somos príncipes o princesas, y otros, de violencia casi dramática (incursión de música agresiva) en los que prevalece la oscuridad. Elevamos nuestra felicidad, pero esa felicidad, que surge de los magníficos entrelazados de los pasos a dos, se nos escapa. El éxito de esa idea tan bien expuesta, (porque fue un verdadero éxito) se basa, en primer lugar, en los bailarines. No hay trampas, es una propuesta muy bailada, cosa que en los grupos contemporáneos no siempre se da, y, sobre todo, se está a la altura de la música de Tchaikovsky. También la coreografía, que llena el arrebato romántico del compositor ruso con unos pasos de danza muy físicos, tanto en los “enlevées” como en los recibimientos y rechazos de los encuentros por parejas; sin que se renuncie a tramos más vaporosos (ayudados por el vestuario), en los álgidos momentos líricos.