El caballo de Andrés, un príncipe 'entitled' que creía tener derecho a todo, anda con la cabeza humillada, abatido por tanta amargura. A raíz de la publicación de tres millones y medio de documentos de Epstein, el hijo de la Reina tuvo que abandonar su residencia Royal Lodge antes de lo previsto y en plena noche. Por entonces, ya le habían retirado su licencia de armas, quizás para evitar males mayores. El pura sangre inglés, asustado y venido a menos, miraba de reojo al Castillo de Windsor y cerraba los ojos para recordar los paseos pues no quería olvidar sus buenos recuerdos. El pasado 19 de febrero, con Andrés recién instalado en Wood Farm, la residencia provisional que le ha asignado Carlos III en Sandringham y que le parecerá una cabaña, la policía de Thames Valley detenía a «un hombre de unos sesenta años de Norfolk por sospecha de conducta indebida en el ejercicio de un cargo público». Ese día Andrés Mountbatten-Windsor, conocido por ser un príncipe prepotente, caprichoso y consentido, cumplía 66 años. Bastaron once horas privado de libertad para que al «hombre de Norfolk» le brotara la angustia y el miedo. En estado de shock postraumático, con la boca entreabierta y los ojos rojos por el flash de la foto, como un fantasma de sí mismo, a este Windsor no le quedan ya privilegios , para alivio de las presuntas víctimas. Ni siquiera es libre para llevar las riendas de su vida pues permanecerá sujeto en corto por Carlos III, al que se le cuestiona desde cuándo estaba al corriente del comportamiento de su hermano. Esa misma noche, de las más graves para la monarquía, Robert Hardman, uno de los escritores más próximos a la Casa Real Británica, afirmaba en la BBC: «Existe un deber familiar de cuidar de él. Estoy seguro de que algunas personas no estarían contentas hasta que el príncipe Andrés fuera metido en una caravana y la dejaran a la deriva en el mar del Norte». Hardman, autor de 'Charles III: The Inside Story', aseguraba que «eso no va a suceder, en esta situación entran en juego los lazos familiares. El Rey tiene cierto tipo de obligaciones ; si lo echara a la calle, ¿quién lo recogería?» En su libro, Hardman incluye el testimonio de un alto cargo de Palacio, que quedó asombrado por la transformación que se ha producido en Andrés y lo describió como «casi incoherente». Según el catedrático de neuropsiquiatría Anthony David, director del Instituto de Salud Mental de University College London, «todos los años, casi una de cada cuatro personas en el Reino Unido sufrirá un problema de salud mental». Es muy probable que Andrés sea una de ellas ya que la soledad y el aislamiento social, el estrés crónico o la falta de sentido de la vida pueden provocar «ansiedad, miedo o pánico»; ni qué decir tiene de las secuelas psicológicas de las víctimas de Epstein y de sus amigos. Sea cual sea el estado de este «hombre de Norfolk», Mind, una organización benéfica de salud mental, recomienda que «escuche música, realice ejercicios de relajación activa, que sea creativo y pase tiempo en la naturaleza». Como el Rey Carlos, que ha dicho recientemente que la naturaleza «es nuestro sustento»; y Kate Middleton, que ha superado el «miedo» causado por el cáncer conectando con la naturaleza que «nos ayuda a sanar» y «ha sido nuestro santuario». Para superar desórdenes mentales más graves que pueden llevar al autoabandono o a pensamientos suicidas –esto último lo padecieron Diana y Meghan-, es necesario «hacer planes con amigos y con la familia». Pero al hermano del Rey no le queda ni la compañía de su exmujer Sarah Ferguson, que según 'Daily Mail' ha ingresado en una clínica suiza especializada en adicciones y problemas mentales. Tampoco hay constancia de que sus hijas, las princesas Beatrice y Eugenie, hayan aparecido por la 'granja'. Cualquier otro vecino del condado, después de haber sido detenido, al llegar a casa hubiera estado arropado por su familia. Jonathan Dimbleby, que además de biógrafo del Rey es un amigo personal, comentaba en 'BBC Radio' que «incluso el Príncipe Andrés, ahora humillado y destrozado, necesita cierto grado de atención y creo que el Rey está obligado a tenerlo en cuenta. Andrés es su hermano y tiene que ser consciente de eso». Al despojarle de sus honores, su mansión y sus ingresos -se contempla que lo próximo podría ser retirarlo del octavo puesto que ocupa en el orden sucesorio-, la identidad de Andrés ha quedado prácticamente borrada. Para cualquier ser humano, asumir esta situación es muy complejo a nivel psicológico y emocional. Por ello, algunos amigos del monarca le sugieren que no lo abandone a su suerte. De hecho, el Rey paga de su propio bolsillo la seguridad y la manutención; además, la casa donde vive es propiedad del monarca. «Debemos apreciar los valores de la compasión», dijo Carlos III en su mensaje de Navidad, « resiliencia ante la adversidad ; paz a través del perdón», aunque Andrés no ha pedido perdón, pues sigue «negando enérgicamente cualquier acusación». Ya que Carlos es creyente y cabeza de la Iglesia anglicana, en The Spectator Melanie McDonagh afirma que «Andrés, a pesar de todos sus pecados, merece sentir que su familia sigue siendo su familia. Carlos debería llamar a su hermano para decirle que piensa en él y reza por él». El hijo favorito de la Reina, que al igual que ella fue intocable, también podría apoyarse en lo trascendente. Wood Farm se encuentra próximo a Our Lady of Walsingham, un lugar adonde los británicos han peregrinado desde hace mil años «en busca de ayuda y de paz», como dice el sacerdote anglicano Kevin Smith. Al superior de la comunidad jesuita de Corpus Christi, Brendan Callaghan, le preguntamos qué puede esperar Andrés Mountbatten-Windsor de la vida: «Obviamente, una vida muy diferente a la que ha disfrutado hasta ahora, pero lo que haga de ella dependerá de él». ¿Le queda algún tipo de esperanza? «Por supuesto que sí, creamos o no en Dios, él nunca abandona a nadie y siempre podemos ser capaces de aprovechar las posibilidades que nos pone en nuestro camino, pero Andrés tomará sus propias decisiones». En cuanto al caballo, un ser vivo muy sensible al estado de ánimo de su dueño y que estará recluido en las cuadras de Windsor, recordará cómo Andrés lo encabritaba con la fuerza de sus piernas porque no se contentaba con ir a buen paso a través de las praderas de la monarquía. Sumido en el oprobio que sacude a la corona, parece que ni al caballo ni a su jinete le quedan fuerzas. Quizás el «hombre de Norfolk» se arrepienta de no haberse conformado con lo mucho que tenía.