De superar un secuestro parental en Libia a peleadora del año: «Soy muy bruta»

En las artes marciales mixtas (MMA) , existe una máxima que acostumbra a cumplirse: hay tantas historias como atletas practican la disciplina. Sin embargo, hay algunas narrativas que impactan sobremanera en el imaginario de los aficionados, por su crudeza, por su exclusividad. La trayectoria de Sara Cabeza de Vaca (Madrid, 1991) es una de ellas. La luchadora española fue nombrada como peleadora del año en 2025 por parte de la organización AFL, una de las competiciones pioneras en España. Pero lo inédito no es tanto el galardón como el camino que tuvo que recorrer hasta llegar a este momento. Sara nació en la capital española, pero vivió su juventud en la comunidad de Extremadura. La primera disciplina en la que se introdujo fue el kárate, para más tarde, a los 11 años, entrar en el mundo del taekwondo, donde quedó varias veces campeona de Extremadura. «Me encanta el ballet, pero quizá no tengo el cuerpo para hacerlo, soy muy bruta», desgrana. Dentro del taekwondo, la clave fue disfrutar de pelear. «No soy una persona agresiva, no sé pelear sin reglas , nunca me he peleado en la calle. Hay que trabajar mucho la frustración, hay un proceso de aprendizaje, en un deporte olímpico las competiciones son muy habituales, hay que estar muy activa. En España hay un nivel altísimo, pero es un sacrificio económico muy grande», señala en conversación con ABC. Ese fue el punto de partida a una carrera exitosa en los deportes de combate, pero antes tuvo que superar una etapa oscura, prácticamente a la sombra, en el norte de Libia, donde estuvo secuestrada por su padre. «Yo siempre pienso que eres lo que eres gracias a lo que vives, bueno y malo, te forja y te hace tomar decisiones. Hay personas que se lamen las heridas y otras te establece un carácter. Mi padre es del norte de Libia y mi madre es mitad alemana, mitad española. Ellos se divorciaron e iba a ser una custodia compartida, parte en Libia y parte en España. Y en uno de los viajes, mi padre decidió no dejarnos volver , y estuvimos allí cuatro años mi hermana y yo secuestradas. Te dicen que tu madre te ha abandonado y que no te quiere, eso fue muy fuerte. Yo no quería ni hablar con ella. De vivir en Europa a un país musulmán, es un cambio muy radical», desvela la luchadora madrileña. No obstante, pese a la adversidad, su madre no cejó en el empeño de recuperar su custodia. ¿Cómo consiguió salir de esa situación? «Teniendo en cuenta que es un país musulmán, no podía viajar sin el permiso de mi padre. Mi madre consiguió que volviéramos a Europa y se suponía que era solo de visita, pero al vernos en el aeropuerto, nosotras que teníamos un percentil bastante alto de crecimiento, nos vio muy delgadas . Nos llevó al médico y al final nos quedamos ya en España. Cuando eres tan pequeña no eres consciente del trato que habíamos tenido. Todavía hay cosas que me cuestan, pero exteriorizar el asunto ayuda a superarlo», relata Sara. Por el camino, varios años viviendo en Trípoli, donde solo la capacidad de mimetizarse con el medio le permitieron salir indemne de todo aquello. «Yo fui como un camaleón, me adapté, pasé lo más desapercibida posible, a mi hermana le costó más. Era muy traviesa y sabía cómo esconderme. Éramos muchos niños, muchos primos, y me pasaba el día jugando. Nosotras íbamos a un colegio americano, y el trato era muy estricto», rememora la atleta española. Finalmente, regresó a España, donde tuvo que continuar con todo el asunto parental. «Desde los 11 años que llegué hasta los 18 años estuvimos con juicios, fue un proceso bastante difícil, mi madre lo pasó muy mal. La jueza que llevaba el caso nos retuvo los pasaportes, porque había riesgo de secuestro, él se presentó en el instituto, en nuestra casa, en el conservatorio... Mi madre nos intentaba dar una educación completa, tocaba el contrabajo, entrenaba taekwondo, iba a la escuela de idiomas y nos tenía que acompañar con una cámara para demostrar que mi padre nos perseguía», cuenta Sara. Una vez superado el escollo, la luchadora comenzó con su trayectoria en los deportes de contacto. «A mí los deportes de combate siempre me habían gustado, el boxeo me encantaba, todos soñamos con un cinturón de la UFC , pero no se habían dado las circunstancias para hacer la transición hacia las artes marciales mixtas. En una semifinal de un Europeo de taekwondo me rompieron la nariz y justo detectaron un cáncer de mama a mi madre. Pasaron una serie de circunstancias y me operaron de la nariz y me mandaron seis meses sin hacer deporte. Y decidí entonces que haría boxeo, pero echaba de menos las patadas, así que me introduje en el muay thai. Y justo me propusieron el asunto de las MMA hace un par de años y hasta ahora», detalla. En su proceso de transición hacia el deporte de combate total, hubo un alto en una modalidad híbrida, donde quedó dos veces subcampeona mundial. «Fui al campeonato mundial de 'striking MMA', una disciplina con derribos, trabajo de pared, pero no hay golpeo en el suelo, ni finalizaciones en el suelo. Quedé subcampeona mundial en Indonesia y en Brasil. Luego llegaron los dos combates de MMA en AFL que gané», reflexiona. «Estoy muy contenta por las dos victorias en AFL, ambas rivales eran muy competitivas y salió todo muy bien», dice respecto a sus dos triunfos ante Anais Pepey y Meriem Bachtarzi. Actualmente, disfruta de ser colaboradora como creadora de contenido de UFC Español, la rama hispana de la mayor liga de MMA del mundo, donde difunde técnicas de pateo, su mayor virtud en el deporte de combate. «Me han seguido muchos peleadores de UFC y estoy muy contenta», apunta. ¿Y el horizonte? «Una pelea primero en amateur (quizá con el título de AFL en juego), y transición hacia las MMA profesionales en septiembre». Mientras tanto, viajará hasta Las Vegas, al Performance Institute de la UFC, donde quiere continuar escalando su nivel a la espera de grandes oportunidades: «Si quieres mejorar, tienes que entrenar con los mejores», sentencia.