En busca de la Omloop Nieuwsblad, Orluis Aular (Nirgua, Venezuela, 29 años) regresa este fin de semana a Bélgica, el país donde todo empezó para él. La lluvia, los adoquines, los muros, el frío del norte... El lugar del que huyó hace ocho años después de haber emigrado desde el calor de su Venezuela con vistas al Caribe y con un sueño, triunfar en el ciclismo gracias a la bici que le compró su padre, Luilliys el carpintero. Pero en el tránsito de Bélgica a Madrid, Aular descubrió la necesidad, el paro, el agobio de las facturas sin pagar y, siempre la bicicleta, trabajó como repartidor de Glovo en la capital. Orluis Aular es hoy ciclista profesional en el Movistar, el mejor equipo de España, heredero del Banesto de Induráin y Perico Delgado, élite del ciclismo. «Si miro dónde estoy y de dónde vengo, es una gran alegría y casi un milagro», cuenta a ABC desde su casa en Andorra, el verdadero país de los ciclistas. Aular se mimetizó con Venezuela y practicó fútbol y béisbol, los deportes con mayor arraigo. Pero un primo montaba en bici y él pronto destacó en el estado de Tachira. «Gané la Vuelta a la Juventud y en mi pueblo había un corredor que se iba con Gianni Savio. Me fui con Maurizio Fraser a un equipo boliviano que hacía la temporada en Bélgica», recuerda. Pasó por el Cartuchos Rodríguez Magro, el conjunto del gregario de Perico Delgado en su época dorada y que murió hace siete años. Y en su espíritu itinerante emigró a Bélgica, la cuna del ciclismo en Europa. «Fueron dos años muy difíciles, tuve que regresar a España sin equipo. No me llegaba para pagar el alquiler, los servicios, las facturas. Y, como montaba en bici, me puse a trabajar de repartidor de Glovo». Rider de saco a la espalda y ritmo frenético en la gran ciudad, por obligación. «Aquella etapa fue frustrante -rememora el venezolano-. No podía correr y piensas que no vas a cumplir tus sueños. Fueron tres meses y me costó mucho. No sabía cómo funcionaba la entrega de pedidos, la recogida, me perdía por las calles. Tuve que aprender rápido». Madrid se le hizo gigantesco a Aular. «Vivía en Navalcarnero y tenía que terminar mi turno a las 11 de la noche. Me iba hasta Príncipe Pío en bici y cogía el bus. Casi una hora de trayecto. Y al día siguiente, el camino inverso para estar al mediodía en el trabajo. Por suerte no tuve ningún accidente, me manejaba bien con la bici, pero no con las calles. Me recuerdo parando a cada rato para chequear el móvil. Y era invierno, hacía mucho frío, lluvia, la noche. Lo pasé mal, sí». Ajeno a la polémica sobre el modelo laboral de Glovo y su perfil de falsos autónomos y precarización, a Ourlis Aular solo le interesaba ahorrar algo de dinero y escuchar al exciclista vallisoletano Edgar Nieto, que le había hablado de la posibilidad de correr en Asia, en un equipo filipino. «Como repartidor considero que era rápido. Soy ciclista profesional y velocista, ja, ja, ja. Llegaba con mucha rapidez a los sitios, pero me liaba siempre con las calles y perdía mucho tiempo revisando el móvil», explica. «La bolsa de reparto no era un problema -comenta a ABC-. No tenía dinero para comprar una bicicleta. Yo utilizaba para el trabajo una de carretera que me había regalado el equipo belga en el que corría y por el que no renové. Y me ayudaba mucho la compañía de mi compatriota Leangel Linarez, que utilizaba una mountain bike». La propuesta de Edgar Nieto lo rescató del tráfico infernal y del peligro de ser ciclista en Madrid. «Fue una época difícil, que pude superar con constancia y paciencia. Pensaba que el equipo belga iba a cubrir mis gastos, pero no. Lo mejor fue quedarme a vivir en España y que al menos gané algo de dinero. Siempre he sido una persona positiva y por suerte el futuro me deparó cosas buenas». Aular fichó por un equipo japonés y no pudo debutar como pretendía en una carrera en Filipinas. «Estaba en Venezuela y me puse a renovar el pasaporte con mucha anticipación. Pero en mi país las cosas son como son y van como van y se retrasaron en exceso. Mi avión salía a las 18.00 horas y me dieron el pasaporte dos horas más tarde». En el país del sol naciente le esperaba otra gran ciudad, Osaka, la tercera más poblada de la isla, y otro contacto español, el exciclista del Banesto Paco Mancebo. «Tenía la motivación de los Juegos Olímpicos en Tokio. Vivía con Mancebo en Osaka, yo cocinaba y él me ayudaba con los entrenamientos. En realidad, era como mi tutor. Teníamos muy buen ambiente. Hemos seguido con la amistad después. Hace poco estuve en su pueblo, Navaluenga, compartiendo una barbacoa». El ciclista venezolano se afincó en España después del contrato que firmó con el Caja Rural, el equipo español de segunda división que ha sido invitado este año para correr el Tour de Francia. Cinco triunfos en cinco temporadas con el Caja Rural lo mostraron como un ciclista rápido que supera según qué cotas. Un par de Vueltas a España con buenas colocaciones le abrieron las puertas del Movistar, equipo en el que lleva dos temporadas aún sin triunfos de relieve. «Conseguí adaptarme al ritmo del ciclismo en Europa, he mejorado cada año y gracias a la constancia he podido cumplir el sueño de niño».