Hace unos ocho años (llevo ya un tiempecito colaborando en este periódico), publicaba yo una columna titulada ‘Interinos en los pueblos’, donde me hacía eco de un debate que habíamos tenido en clase, incitado por Bernardo, excelente alumno, que abogaba por que los profesores interinos se quedaran a vivir en los pueblos que les tocan, en lugar de visitarlos solo para dar sus clases y retornar en coche a Cáceres o Badajoz.