En los años 50 del siglo pasado, las evidencias científicas ya demostraban que fumar provoca cáncer. Para evitar litigios y leyes en su contra, la industria estadounidense del tabaco planteó una estrategia durante años: ocultar datos y financiar estudios y a expertos para desacreditar a la comunidad científica. De esta manera, inocularon la duda entre la población sobre los efectos nocivos de su producto. No fue hasta 2006 cuando el sector fue declarado culpable por tribunales norteamericanos por haber “ideado y ejecutado un plan para engañar a consumidores y potenciales consumidores” sobre los riesgos de fumar. La industria petrolera ha replicado esta estrategia de sembrar la duda sobre la existencia del cambio climático y su impacto global. Y parece que les ha salido bien.