Vivir en una comunidad de vecinos supone compartir mucho más que un edificio. Bajo un mismo techo conviven personas con rutinas, hábitos y expectativas distintas, lo que convierte estos espacios en un pequeño retrato de la sociedad. Esa diversidad puede resultar enriquecedora, pero también genera fricciones que, en ocasiones, desembocan en desacuerdos difíciles de encauzar.