Cincuenta años y un día de primavera para una sentencia floral. Un sábado dichoso que, al mirarse al espejo del domingo, se descubrió lunes desgraciado. Nueve segundos exactos marcaron el eje de simetría. El tiempo que tardó un tren en descarrilar y el azar inefable —implacable— en hacerlo coincidir con otro en el mismo tramo de vía. Un limbo fugaz por el que cuarenta y seis personas atravesaron el espejo de manera irremisible. Un rayo fulminante que aplicó un azogue voraz al reverso de un cristal que en la previa creímos por un instante eterno, traslúcido, irreflexivo. Veinticuatro horas antes bailábamos en un balcón panorámico bajo un sol tímido de invierno. Con las risas y la infantil complicidad, conspirativa, de una fiesta sorpresa. Sin saber que a las 19:40 del día siguiente un telón de azogue nos escupiría una imagen invertida, una realidad distorsionada. El espejo no devolvió lo que había delante: lo retorció hasta casi el trastorno. Lo que fue luz tornó en oscuridad, la frugalidad se volvió eternidad, la trivialidad dejó paso a la trascendencia, el baile al llanto, el abrazo en abismo. Temporalmente equidistante respecto de su cumpleaños, pero al otro lado del espejo y de manera casi demencial, sumidos en la incredulidad y arrecíos de ese frío existencial que no tiene abrigo, estábamos sentados en torno a la misma mesa. El mismo grupo de wasap creado para organizar su fiesta sorpresa servía ahora para informar de su desaparición. La colecta pensada para su regalo de cumpleaños encontraba su réplica exacta, invertida, destinada a encargar una corona para su funeral. Una imagen especular que huía hacia adelante, destrozando cualquier lógica a su paso y otorgando un valor infinito a ese último abrazo o esa palabra no dicha. Todo estaba en el mismo sitio, pero justo en la antípoda semántica, existencial y lumínica. Cincuenta años y un día de primavera para una sentencia floral. Un sábado dichoso que, al mirarse al espejo del domingo, se descubrió lunes desgraciado. La amistad y la flor No podemos banalizar la muerte, ni mucho menos el dolor por la pérdida. Pero tampoco deberíamos dramatizar la vida. La vida —la suya— estaba hecha de meses rotundos: de eneros luminosos, de veranos de luna amable, de música en directo y de primaveras que llegaban incluso cuando el calendario anunciaba lo contrario. Estaba hecha de cafés demorados, de conversaciones sin prisa, de ponme otra, anda. La amistad puede llegar a ser tan bella y delicada como una flor. Por eso hay quienes la cultivan con amor y tesón. Invierten su tiempo en regarlas, se ocupan y preocupan, las podan, se alegran de verlas crecer y florecer. Estas personas, por lo general, hacen igual con sus flores. Y si además te llamas Abril Vega… ¡Mira que hay nombres bien puestos, copón! Así es nuestra Abril, Mari Carmen. Así era. Y es que probablemente la flor represente la metáfora más bella de la sencillez. Hay quien sabe echar a volar un avión o quien ha amasado tanto dinero como para comprar media ciudad. Pero si es insensible al aroma de una flor en abril, habrá traicionado las enseñanzas más básicas desde las que ver y transitar el mundo. Estará despojado de todo rigor sobre el que establecer una manera digna de estar en el mundo. Mari lo sabía y las cazaba al vuelo con su cámara. Las cuidaba con el cariño necesario para que llenaran de aroma su patio. O las prendía en su pelo, de su bicicleta o de su sonrisa. No sólo como ornamento, sino como morada. Su patio no era solo un espacio físico: era una extensión de su manera de ser. Mari era una persona-patio alrededor de la cual germinaban la amistad, los brotes y los arrumacos. Quien cruzaba el zaguán de su puerta descubría que allí florecía Abril en enero, el temperamento y los suspiros curados de espanto. Aplicaba su filtro de mujer, de hija, de ciudadana ejemplar, de disfrutona, profesora o socióloga. De alegría y de resignación. De “no me lloréis, que yo he vivido muy feliz” o el coraje que debe haber pasado por esa mortal casualidad, con la de conciertos que le quedaban por ver. Era eso y mucho más. Hermana, vecina o amiga. Porque también cultivaba el gesto. Era generosa de manera discreta, mínimamente invasiva, sin alardes: aparecía con un detalle inesperado, con una planta, con un libro elegido con puntería asombrosa, con una dedicatoria escrita a mano que convertía el papel en refugio. Hacía regalos como quien riega: sin estruendo, sin motivo, solo por el placer de ver florecer al otro. Incluso escribía torcido, sin importancia, en una servilleta, un mensaje que siempre decía lo mismo: “te he pensado”. Ayer me la encontré en una taza de café humeante. Me la llevé a los labios y estaba amargo, como el sabor que nos ha dejado. Inmediatamente cogí un trozo de pan y lo mojé en aceite. La herencia En una sociedad perturbada, maniática de la acaparación —de posesiones, poder, protagonismo o experiencias—, el poder de las flores es subversivo. Es una revolución silenciosa. Efímera. A la par que intensamente verdadera. Que torea a los malos, a los humos y la soberbia a base de caricias. Como la flauta de Alfanhuí y su sigilo atronador, esa que en medio de la tormenta termina por convertir el silencio en arma de resistencia. Las flores de Abril, como las de los olivos, como la del jazmín, crecen siempre desde lo discreto, lejos del bullicio o de las prisas. Porque llevaba a Bujalance, a Córdoba y a Andalucía tatuadas en el espinazo. Por eso trajinaba la altivez, el orgullo sereno por el aceite de oliva, ese elixir familiar del que libábamos. Y que trapicheaba de mano en mano con solemnidad y memoria, con respeto y pasión. Porque libar de la Mari era libar de su esencia de ser andaluza, de su aceite, de la tierra, de su familia, de su pueblo, donde la campiña levanta esa torre inclinada que parece desafiar la gravedad y el tiempo. Idiosincrasia y paisaje embotellado, oro líquido personificado. Es difícil encontrar mayor consciencia plena ni mejor terapia que mirar absorto el fulgor de un chorrito de aceite que cae en un cuscurro de pan. Y ahí, en ese instante, como el de la flor que grita su color al viento… siempre estará ella. Aunque en algún momento deje de doler, aunque se nos olvide en el frenesí de los días. Aunque ya nunca, jamás, la volvamos a ver sobre esta tierra nuestra. La suya. Y en eso estamos. Celebrando un enero robado, un febrero que huye o esta primavera. Saludando cada nota musical, cada Caña que nos tomamos pensando en nuestra Abril y cada flor que, con su aroma, se abre al sol y a la vida. Brindando por que vivamos una vida sencilla y plena, como la suya. Esa combinación —tan poco espectacular y noticiable, tan profundamente valiosa— que es quizá la forma más alta de coherencia. Hoy nos duele su ausencia con una intensidad difícil de nombrar. Y no vamos a disfrazarla. Nos atraviesa. Nos ha cambiado. Pero tenemos el poder de las flores —el de hacer del cuidado y la sencillez una forma de vida— y la herencia universal que nos deja nuestra Abril: su manera de captar el germinar de una mañana, de detenerse ante lo pequeño, de celebrar lo cotidiano. De hacer del alma un patio para cobijar, un corralón por el que entren la luz y su opuesto, el frío, las visitas y el amor.