El 23 de febrero de 1981, a las 18:23 horas, la incipiente democracia española tembló. Un pelotón de guardias civiles, al mando del teniente coronel Antonio Tejero, asaltó el Congreso de los Diputados durante la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. Al grito de "¡Quieto todo el mundo!", Tejero secuestró a los diputados, quienes se refugiaron bajo sus escaños. Desafiantes, solo permanecieron en sus asientos el presidente saliente Adolfo Suárez, el líder comunista Santiago Carrillo y el vicepresidente del Gobierno, Manuel Gutiérrez Mellado, quien forcejeó sin éxito con Tejero. Entre los periodistas que cubrían la sesión se encontraba Ana Herrera, entonces joven redactora de COPE. Para ella, fue un "susto morrocotudo", como "vivir lo que ocurre en una película, pero en realidad". Herrera relata cómo un guardia civil con vaqueros y camisa de campaña le ordenó a un cámara de TVE que apagara el dispositivo. El cámara, con astucia, fingió obedecer, pero mantuvo la grabación encendida, permitiendo que la historia quedara registrada. En medio del caos, el periodista Luis Carandell, también presente, intentó calmar a sus compañeros asegurando que los disparos eran de fogueo: "No, no, tranquilos, son de fogueo". El miedo, sin embargo, era real. La propia Ana Herrera recuerda haber pensado: "Nos van a matar, y yo pensé que era muy joven para morir". Su padre, que vivía frente al Congreso, salió corriendo "en mangas de camisa" en el frío de febrero para buscarla. Al encontrarla, su única petición fue: "Vámonos a casa". La preocupación se extendía entre todos los trabajadores, como atestigua la recepcionista Lola Molina, que recuerda la angustia por su compañera atrapada: "Estuve hablando con ella en un llanto y poco la podíamos animar". Mientras tanto, en la sede central de Radio Popular (COPE), la orden del director fue clara: seguir con la programación. Sin embargo, la tensión se disparó cuando un teniente del ejército y otro militar de menor rango se personaron en la emisora, según el testimonio de Lolo Cantero, responsable del control central, y de Paulino. Su objetivo era silenciar la radio. "La orden que tenían era de que nadie saliera de la emisora, que no se podía utilizar el teléfono, y que cortaran toda la emisión para poner solo música clásica", explica la administrativa Milagros Muñoz. La respuesta de la dirección de COPE fue de una firmeza total. "El director dio orden de que no, de que siguiéramos con la programación de corte, que no se cortara para nada, pero una orden tajante", recuerda Muñoz. El teniente solicitó hablar con el superior y, tras un giro inesperado de los acontecimientos, pidió permiso para hacer una llamada desde el teléfono directo del director. Inmediatamente después, "colgó el teléfono, pidió disculpas, dio la buena tarde, y dijo que se marchaba". Una vez que los militares se fueron, la programación de COPE continuó, pero con una particularidad. El locutor, cada quince minutos, interrumpía la emisión para leer los artículos del código penal referentes al delito de rebelión. Una anécdota que, pasado el peligro, provocó el comentario de un compañero a Valentín: "Menos mal que ganó el abogado de la Constitución, porque si hubiese ganado el lado contrario, seguro que a mí me había, dijo". Con el paso de las horas, la situación se agravaba en otros puntos de España. En Valencia, el teniente general Jaime Milans del Bosch sacó los tanques a la calle, mientras que en Madrid, RTVE fue ocupada y su programación, sustituida por marchas militares. El punto de inflexión llegó a la 1:14 de la madrugada del 24 de febrero. El Rey Juan Carlos, vestido con uniforme de capitán general, se dirigió a la nación en un mensaje televisado para posicionarse a favor de la democracia y ordenar a la Junta de Jefes de Estado Mayor "que tomen todas las medidas necesarias para mantener constitucional dentro de la legalidad vigente". Su intervención, como confirman los testimonios, tranquilizó a la población. Tras el mensaje del Rey, el golpe comenzó a desmoronarse, aunque Tejero se resistió hasta la mañana del día 24. Los periodistas de COPE, como muchos otros, siguieron trabajando toda la noche, sin dormir. Ana Herrera tuvo que mandar sus crónicas desde una cabina telefónica frente a la basílica de Jesús de Medinaceli. Con la liberación de los diputados, entre aplausos, y la rendición final, las 18 horas más críticas de la democracia llegaron a su fin. Al día siguiente, los redactores que habían cubierto la noticia desayunaron juntos en el Hotel Palace, "sin dormir y sin tener sueño en absoluto", antes de volver a sus medios para seguir informando. Aunque la normalidad regresaba, quedaba la sensación de vulnerabilidad y la lección aprendida que resume uno de los protagonistas: "La democracia es algo que, si no la cuidamos todos, puede desaparecer en un momento dado".