En la entrada del Colegio 124 —no muy distinta a los accesos de un parking— reina el silencio. No hay carreras por el recibidor ni risas infantiles, ni siquiera un bedel para recibir a los alumnos. Para encontrar a los primeros niños hay que bajar tres pisos por unas escaleras, algo más de medio centenar de peldaños. Y es ahí, a 10 metros bajo tierra, donde la vida reverdece de nuevo. Enjambres de niños corretean por los pasillos o esperan turno en la cantina. Hay flores pintadas en las paredes y un militar que hace guardia a la entrada. "Bienvenidos al Colegio Seguro", dice su director aludiendo al sobrenombre del centro. Se construyó en tan solo nueve meses y ahora es uno de los 21 colegios subterráneos de Járkov, la segunda ciudad de Ucrania, situada a 40 kilómetros de la frontera rusa y bombardeada casi todos los días por los misiles y los drones del Kremlin.