Pasamos siglos intentando que las máquinas no se rompan. Ahora les estamos enseñando a sentir «dolor» cuándo se rompen y a reaccionar como si tuvieran un cuerpo propio

Históricamente, la robótica se obsesionó con la fuerza, la precisión y la resistencia. Hoy, un nuevo desarrollo en piel artificial cambia la lógica: no se trata de hacer robots más humanos, sino de hacerlos conscientes de su propia fragilidad.