Es un guerrero incansable. Eusebio Cáceres , el incombustible saltador de Onil, ha demostrado una vez más su temple en la pista cubierta de Valencia. Con 34 años a cuestas y un historial de batallas perdidas por centímetros, este alicantino de sangre caliente decidió desafiar las dudas ajenas y propias. En los Nacionales indoor, Cáceres se plantó en la arena y, en su primer intento, voló hasta los 8,19 metros . Un salto que no sólo le dio su octavo título, sino que le abrió de golpe las puertas del Mundial de Torun, en Polonia, dentro de tres semanas. No teme a nada este veterano. Se atrevió a creer cuando todos –o casi todos– habían dejado de hacerlo. Tras un 2025 complicado, con un bronce en el Campeonato de España (8,04 metros) que no le bastó para el Mundial de Tokio y una lesión reciente (esa espalda que tantos problemas le ha generado), Cáceres regresó a sus raíces en Alicante este año, aunque entrenado a distancia por Iván Pedroso. «Llevaba mucho tiempo buscando la naturalidad, lo que decían que había perdido. He hecho saltos de entreno que no había hecho nunca, y sabía que aquí podía salir uno de ellos. He recuperado la sensación de saber que salto, no de que simplemente corro y se me escapan todos los saltos», confesó tras la victoria. Tiene el atrevimiento de los campeones y la osadía de los que se niegan a rendirse. Eusebio recuerda muchas veces al gran Yago Lamela, aquel asturiano que devoraba la pista con su fiereza y que, como Cáceres, sabía que la presión no agobia, sino que enciende. La final fue un duelo de titanes, con Héctor Santos colgándose la plata con 8,03 metros –su mejor marca en años– y Jaime Guerra el bronce con 8,01. Lester Lescay, bronce mundialista, se quedó en 7,90. Tres españoles por encima de los ocho metros es un lujo que complica la selección para Torun, pero que habla del vigor del salto de longitud español. Cáceres, con su 8,19 en el primer vuelo y un 8,02 en el segundo, se impuso con autoridad. Incluso un susto en el cuarto intento, al partir dos clavos de su zapatilla, no le detuvo: «Estoy bien. Habrá que pillar unos más duros». Este resurgir no es casual. Desde su explosión en 2013 con un salto de 8,37 metros –su mejor marca personal–, Cáceres ha lidiado con lesiones, dudas y esos cuartos puestos que duelen como medallas perdidas como cuando rozó el bronce en Tokio 2020. Pero a los 34 el mejor Cáceres está de vuelta, con la sonrisa recuperada y la fe intacta. «Sé que estoy bien, pero a Torun iré como un novato pero sé que puedo luchar y que tengo más. Puedo pelear frente a los mejores». A veces, para renacer, hay que salir a por lo imposible. Cáceres lo sabe. El Saltamontes de Onil, con sus alas renovadas, está listo para volar de nuevo.