Una vez que Narendra Modi subió al avión de regreso a Nueva Dehli desde Tel Aviv y el portaviones Gerald Ford tocó puerto en Haifa, el semáforo de la guerra se puso en verde. Daba igual si el ministro de Exteriores de Omán, en su calidad de mediador, insistía públicamente –tras entrevistarse en Washington con el vicepresidente James Vance– en que había una seria opción de alcanzar un acuerdo, en la medida en que Irán había ido flexibilizando su postura ante las exigencias de Estados Unidos. O si el propio Vance confirmaba su intención de visitar Israel a partir del lunes, aparentando que la vía diplomática seguía activa. La decisión de golpear ya estaba tomada. Una decisión que se ha pretendido presentar como un golpe preventivo –con intención de evitar un ataque inminente iraní– e incluso como una intervención humanitaria –así lo ha querido presentar absurdamente Reza Pahlevi, empeñado en ofrecerse como la opción de recambio en Teherán–, cuando se trata simplemente de una nueva violación del derecho internacional. Una decisión adoptada por un convicto (Donald Trump) y un perseguido por la justicia internacional (Benjamin Netanyahu) , que no responde a una amenaza inminente por parte de un Irán sumamente debilitado, sino a una pretensión de remodelar a su gusto el mapa regional de Oriente Medio. Para lograrlo, ambos entienden que no basta con un nuevo golpe selectivo, al modo de los efectuados hasta ahora (incluyendo la llamada Guerra de los Doce Días , de junio del pasado año), sino que exige el lanzamiento de una campaña prolongada que busca directamente la caída del régimen, con el líder supremo, Alí Jamenei, y el presidente, Masud Pezeshkian, como objetivos prioritarios. Se trata, en consecuencia, de un ejemplo más de aventurerismo militar en el que para Estados Unidos no está en juego ningún interés vital y que le sirve a Israel para acercarse a la configuración de un vecindario sometido a su dictado. A diferencia de Irán, para el que esta guerra se convierte en existencial, para EEUU e Israel es una guerra por elección, inspirada por una visión ideológicamente fundamentalista en la que el primero va a tener problemas para mantener el apoyo de los simpatizantes del movimiento MAGA –tras haberles prometido no implicarse en guerras exteriores en las que no estén en cuestión intereses vitales–, y el segundo busca reforzar sus opciones electorales para el próximo octubre. Lo ocurrido ya en esta primera oleada de ataques permite vislumbrar lo que se avecina. Queda descartado que los atacantes buscaran simplemente un golpe puntual con la intención de presionar aún más a Teherán para que terminara por firmar un acuerdo que pusiera fin a su programa nuclear, limitara drásticamente su programa de fabricación de misiles balísticos y eliminara el apoyo a sus peones regionales (Hizbulá, Hamás, Ansar Allah y otras milicias en Siria e Irak). Lo que se pretende sin disimulos es la caída del régimen y para ello se asume la necesidad de llevar a cabo una guerra abierta y prolongada. Eso significa que estamos ante el inicio de una campaña en la que el extraordinario despliegue aeronaval estadounidense, junto al considerable potencial militar israelí, van a sumar fuerzas para no solo destruir las defensas antiaéreas y todos los activos militares posibles, junto a las instalaciones relacionadas con el programa nuclear y las dedicadas a la fabricación de misiles, sino también para eliminar a los principales líderes políticos y militares (incluyendo a los altos mandos de los pasdarán ). Esperan, al mismo tiempo que tratan de explotar el innegable malestar social con un gobierno tan corrupto y represivo como el que llevan sufriendo desde hace demasiado tiempo , que esa apuesta belicista termine por provocar el colapso del régimen. En su ensoñación compartida, a partir de ahí confían ilusoriamente en que quienes sufran sus ataques terminen por rendirse a la evidencia de su inferioridad y acepten sumisamente su eliminación (política, si no física). Resulta, como mínimo, una suposición sin base alguna; y, por si hubiera alguna duda, ahí está la primera reacción iraní, atacando no solo a Israel, sino también las bases militares estadounidenses en Arabia Saudí, Bahréin, EAU, Kuwait, Jordania y Qatar. Y lo que puede venir a continuación es el intento de cerrar el estrecho de Ormuz, una medida que también castigará a Irán, pero que busca aumentar la presión internacional para movilizar a quienes se vean aún más afectados a demandar a Washington un cambio de actitud. Es cierto que el bando atacante dispone no solo de una superioridad militar innegable sobre el terreno y también de una mayor capacidad industrial para poder sostener una campaña larga, suministrando los misiles, drones y aviones que sean necesarios. Pero eso no le garantiza en absoluto el cumplimiento de sus objetivos, en la medida en que el régimen iraní ha demostrado en estos últimos más de cuarenta años una significativa maestría tanto en conservar el poder como en desbaratar los planes de quienes buscan directamente su defenestración. Lo que se vislumbra, en resumen, es un escenario que desemboque directamente en una guerra regional a varias bandas , que no resuelva ninguno de los problemas ya existentes y que añada más sufrimiento por doquier. _________________________________ Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).