Y Sevilla regresó de golpe a mediados del siglo XVI como por arte de birlibirloque. Lo que la capital celebró verdaderamente en este día netamente andaluz, y cuando se dice andaluz, a nadie se le escapa la huella histórica que mantiene ahí el acento sevillano, fue la triunfal entrada del emperador Carlos I de España y V de Alemania e Isabel de Portugal a una ciudad que viviría el 'sí quiero' de ambos en pleno auge del Renacimiento . Lo que la historia nos cuenta es que los dos se desposaron en 1526, en las lujosas dependencias del Real Alcázar, que fue el destino final de este conseguido cortejo antes de que los monarcas marchasen a Granada para vivir su romántica luna de miel a los pies fríos de la Alhambra. Tantas generaciones después, y como si el tiempo fuera sólo una mera palabra vacía, decenas y decenas de bailarines, figurantes y actores danzaron y cantaron este 28 de febrero de 2026 que pasará a la posteridad como el día en que la ciudad de Sevilla hizo un ovillo con este tiempo que dio a luz la inteligencia artificial y convocó al Tercio de Olivares y a los Ministriles a las puertas del arco de la Macarena, otrora puerta almohade durante los siglos XII y XIII y ayer punto de partida de este multitudinario desfile. Chirimías y sacabuches, instrumentos de aquel tiempo, dieron puntual anuncio a la vuelta más esperada. Ya habrá tiempo para tambores y cornetas. Porque nadie quiso perderse el discurrir que la Casa Consistorial había preparado con tal esmero, cuidando hasta el último de los detalles. Se contaron en su itinerario decenas de gallardetes y colgaduras, todos adecuados a la época y al linaje de las familias; se avistaron cruces de borgoña ajardinadas y se levantó en la ciudad de la Giralda una fantasía de medio milenio hecha verdad, tanta como lo es el amor que reunía al hijo de Juana y Felipe, ambos de Castilla, y a la hija de Manuel I de Portugal y María de Aragón, que saludaron y correspondieron a la ovación de los allí presentes en una Sevilla atestada. Por eso a las 16.30 comenzó desde el arco de todos los macarenos esta procesión tan sumamente sevillana. A lomos de un caballo negro y otro blanco, respectivamente, los emperadores Carlos V e Isabel de Portugal se presentaron ataviados con la indumentaria y los códigos visuales propios de la monarquía hispánica. Así brillaron esplendorosamente en la tarde del sábado. Se rodeó el Consistorio de numerosos especialistas en historia que consiguieron acceder a un selecto vestuario del cine más internacional y la ciudad se sumó a la fiesta, siendo como fue la principal invitada. Los hubo que no pudieron aguantarse los halagos, en otra de las expresiones populares que guardaba la Sevilla renacentista. El contraste de siglos fue quizá la mejor de las victorias en este sentido. Todas las joyas de los joyeros brillaron en la comitiva realista a su paso por Santa Marina, desde donde el desfile por semejante enlace enfilaba tanto San Marcos como Santa Catalina cuando el minutero sobrepasaba la hora de duración. Se produjo la 'Danza de las hachas' de Joaquín Rodrigo, y los oídos disfrutaron de 'Dit le bourguignon'. Un clásico entre los clásicos. Cientos de sevillanos de toda estirpe se acercaron y vibraron con cada nota de la música de la época, y las coreografías dotaron de color y musicalidad cada uno de los pasos de sus más de 120 participantes. «¡Que vivan los novios!» , apuntó una testigo del momento. Una alfombra de claveles antecedía el paso de cada uno de los arcos triunfales que atravesaron los novios. De ahí que en San Isidoro el público se rindiese una vez más a la estela real de los dos emperadores. Como si fuera una cofradía que nunca deja de pasar, porque se guarda para siempre en la retina de quienes la presencian, la comitiva cruzó Álvarez Quintero y Entrecárceles antes de ser aplaudida a su llegada a la plaza Virgen de los Reyes, que ya representaba la penúltima estación de esta recreación tan creíble y a la par tan extraordinaria. Cómo no sería el poder y la elegancia de Carlos V e Isabel de Portugal en Sevilla, que hasta la Tvrris Fortissima le hizo un guiño en una suerte de petalá —valga la licencia poética—, deshojando una a una las cuatro azucenas que forman parte de la Giralda en la última reverencia de la ciudad prometida. Alcanzada la Puerta de Campanillas, el cortejo incorporó una escolanía formada para la ocasión, antes de la tocata y la fanfarria solemne de despedida en la Puerta del León, que puso el broche definitivo al día en que Sevilla celebró el amor a Carlos V e Isabel de Portugal en el corazón de esta tierra de reyes y reinas que sigue siendo Andalucía.