Antes de la floración de los cerezos, el Jerte vive su momento más salvaje. El deshielo y las lluvias llenan gargantas y cascadas, transformando el paisaje y ofreciendo una de las épocas más espectaculares para recorrerlo Arribes del Duero: el espectacular 'Gran Cañón' que separa España y Portugal Hay un momento del año en que el Valle del Jerte empieza a cambiar. Todavía no han llegado las multitudes que buscan el blanco de los cerezos en flor, pero el Valle ya está en marcha. Es ahora, entre el final del invierno y el comienzo de la primavera, cuando el agua cobra protagonismo. El deshielo baja desde la sierra, las gargantas toman fuerza y las cascadas vuelven a rugir tras los meses de más frío. De hecho, este es el mejor momento para acercarse si lo que quieres es ver el Jerte en estado puro. Las lluvias y la nieve acumulada alimentan una red de gargantas que atraviesa toda la comarca y que da lugar a decenas de saltos de agua, algunos a pie de carretera y otros escondidos tras pequeños senderos. No hace falta caminar mucho para encontrarlos, pero si te gusta andar, las opciones se multiplican. Dentro de unas semanas, entre finales de marzo y principios de abril, llegará la floración y el paisaje cambiará por completo. Pero justo antes de que eso ocurra, el Jerte ofrece otro espectáculo igual de impresionante al convertirse en el “Valle del Agua”. Un momento breve, intenso y perfecto para descubrir que aquí, mucho antes que las flores, lo primero que despierta es el agua. Un valle moldeado por el agua Para entender por qué aquí hay tantas cascadas, primero hay que mirar el mapa. El Jerte es un valle estrecho y profundo, encajado entre sierras y modelado durante miles de años por la erosión. Las montañas que lo rodean, con cumbres que superan los 2.000 metros en zonas próximas a la Sierra de Gredos, actúan como una gran reserva natural de agua. La nieve que se acumula en invierno y las lluvias frecuentes durante buena parte del año alimentan una red de gargantas que descienden con fuerza hacia el río Jerte. Ese desnivel es la clave. En pocos kilómetros, el agua salva grandes diferencias de altura, formando cascadas, saltos y pozas de todo tipo. Algunas de las más espectaculares se concentran en espacios protegidos como la Reserva Natural Garganta de los Infiernos, pero no es algo exclusivo de un solo lugar. En realidad, todo el valle está surcado por estos cursos de agua que aparecen una y otra vez, casi siempre acompañados de senderos que permiten acercarse sin dificultad. Cascada del Calderón, en el Valle del Jerte. Cascadas imprescindibles del Valle del Jerte Repartidas por todo el Valle, hay cascadas de todo tipo. Algunas, como El Caozo, son accesibles en apenas unos minutos, mientras que otras, como las de la Garganta de las Nogaledas, obligan a caminar un poco más. También están el Calderón, Marta o el Manto de la Virgen, cada una con su forma y su entorno. No hace falta visitarlas todas en un mismo viaje, pero sí conviene tenerlas en el radar si lo que buscas es entender por qué el Jerte es llamado, y con razón, el “Valle del Agua”. Garganta de las Nogaledas Si hay un lugar donde todo esto se entiende a la primera es en la Garganta de las Nogaledas. Aquí no hay una sola cascada, sino varias, una detrás de otra, enlazadas por un sendero que permite recorrerlas con calma. Es una ruta sencilla, de unas dos horas y media aproximadamente, bien señalizada y sin grandes dificultades, aunque con algunos tramos de subida. El camino avanza siempre cerca del agua, cruzando pasarelas, escaleras de madera y pequeños miradores naturales desde los que se puede ver cómo la garganta va encadenando saltos. Algunos caen en vertical, otros se abren en abanico sobre la roca, y todos tienen en común ese sonido constante que acompaña durante todo el recorrido. Alrededor veremos robles, castaños, alisos y fresnos que van formando el bosque de ribera. Cascada de El Caozo Probablemente sea la imagen más conocida del Valle cuando se habla de cascadas. El Caozo es un salto de agua de más de 30 metros que se precipita por una pared de granito pulido, formando una cortina blanca visible incluso antes de llegar. Parte de su fama tiene que ver con lo fácil que es acercarse. Desde el aparcamiento apenas hay que caminar unos minutos para plantarse frente a la caída. Y en esta época, cuando el caudal baja con fuerza, impresiona hasta su estruendo. El ruido, la velocidad del agua y el entorno cerrado hacen que sea uno los lugares que más impresionan del Valle. Además, está rodeado de bosque, lo que refuerza esa sensación de estar inmersos en la naturaleza. Cascada del Calderón Muy cerca de allí, la Cascada del Calderón ofrece una imagen diferente, pero igual de interesante. Aquí el agua no cae en vertical desde una pared, sino que se desliza por una gran losa de roca inclinada durante unos 30 metros, creando un efecto continuo. Para llegar, se puede seguir parte del antiguo Camino Real que conectaba distintas localidades del Valle. Es un acceso sencillo y con el aliciente de estar caminando por un trazado histórico que se ha utilizado durante generaciones. Es una parada menos concurrida que El Caozo, pero precisamente por eso resulta más tranquila. Cascada de Marta La Cascada de Marta tiene algo que la hace distinta. Aquí no se observa el salto desde abajo, sino desde arriba. Una pasarela metálica cruza justo por encima de la caída y permite asomarse al agua mientras se precipita bajo los pies. Está muy cerca de la carretera pero el entorno es completamente natural, rodeado de vegetación y con el sonido de la garganta acompañando en todo momento. Es una parada breve, pero muy recomendable, sobre todo por esa perspectiva poco habitual. El Manto de la Virgen Dentro de la Reserva Natural Garganta de los Infiernos, una de las imágenes más reconocibles es la del Manto de la Virgen, también conocido como Chorrero de la Virgen. En lugar de un salto único y concentrado, aquí el agua se abre y se extiende sobre la roca granítica, formando una especie de manto que cae ladera abajo. No se puede acceder hasta su base, pero sí observarlo desde los miradores del sendero. Y eso es parte de su encanto. Está integrado en un espacio protegido, rodeado de monte y lejos de carreteras, lo que obliga a llegar caminando, empleando una hora para ir y otra para volver. Cascada de La Desesperá No todas las cascadas del Jerte están activas todo el año, y la de la Desesperá es el mejor ejemplo. Situada junto a la carretera que conecta distintas zonas de la comarca, aparece con fuerza después de periodos de lluvia y durante el deshielo, pero pierde protagonismo cuando el caudal baja. Precisamente por eso, verla ahora es toda una oportunidad. Es una de esas cascadas que dependen del momento justo. Caminar entre gargantas y cerezos Recorrer el Jerte en esta época es hacerlo entre dos paisajes que conviven durante unas semanas. Por un lado, el agua bajando con fuerza por las gargantas. Por otro, los cerezos que empiezan a prepararse para la floración. Muchos senderos atraviesan zonas donde ambos coinciden. Caminamos acompañados por el sonido del agua mientras el sendero avanza entre bancales de cultivo, bosques de ribera y laderas cubiertas de árboles. Es un paisaje muy variado, donde en pocos kilómetros cambian los colores, la vegetación y la forma del terreno. Además, esta abundancia de agua explica también la riqueza natural del Valle. En estos entornos es habitual encontrar aves forestales, anfibios o mamíferos ligados a los cursos fluviales, en un ecosistema que depende directamente de este equilibrio.