La identidad mallorquina, o balear, se forjó, como todas, en los posos culturales del siglo XIX, porque por mucho que nos esforcemos, los seres humanos somos incapaces de recordar y conservar nada que se extienda más allá de tres o cuatro generaciones. Por eso los orígenes de este pueblo son tan nebulosos y nadie sabe cuánto permanece en pie de la herencia judía, musulmana, romana o de aquellos primeros repobladores que llegaron con Jaume I.