Los jóvenes investigadores que buscan la cura del cáncer en España

Cuando Mariano Barbacid presentó recientemente los exitosos resultados de su investigación , que ha conseguido eliminar por completo tumores de páncreas en ratones gracias a una triple combinación terapéutica, el científico fue elevado por redes sociales y medios de comunicación a la categoría de celebridad. Pero el bioquímico, de 76 años, no empezó ayer. Lleva toda una vida dedicada a descifrar el cáncer . Y las nuevas generaciones continúan su estela. María, Andrés, Francisco, Direna y Josefina son cinco jóvenes que desde que eran niños experimentaron un sentimiento parecido: la curiosidad y el querer saber más que el común de los mortales. Eso se materializó años después en una profesión, la de investigador. Su inquietud, y la de otros como ellos, permite que se avance en la lucha contra el cáncer. Una enfermedad que cada vez afecta a más personas, pero que también se cura más y mejor gracias a la investigación . Coinciden los cinco en que España tiene un gran potencial en este área. Contamos con jóvenes bien formados y con mucho talento, pero falta más inversión pública y una mayor estabilidad laboral para que los profesionales no se marchen de nuestro país o acaben abandonando su carrera y dedicándose a otra cosa. Ellos, que actualmente trabajan en proyectos financiados por entidades privadas como Cris contra el Cáncer o la Asociación Española contra el Cáncer, son una muestra de lo que se está haciendo dentro de nuestras fronteras para conseguir una mayor supervivencia en tumores especialmente agresivos como el de páncreas, las leucemias resistentes en adultos y en niños, o el cáncer de hígado. Desde pequeña, a Direna le gustaba explorar y hacerse muchas preguntas. Siempre fue súper curiosa. Cuando llegó a Bachillerato no sabía si escoger entre Física, Química, Música (toca el violín) o Medicina. Lo que sí tenía claro es que quería hacer algo «interesante y que a la vez fuera importante»: dedicar su curiosidad a mejorar la vida de las personas. Se decantó por Farmacia. «En investigación hay muchos científicos farmacéuticos, como Joan Massagué , referente mundial en cáncer«, apunta. Aunque por aquel entonces Direna aún no sabía que, como Massagué, se iba a dedicar a la investigación, una circunstancia familiar la empujó a ello. Cuando estaba en segundo carrera, en 2004, a su padre, que siempre estimuló su curiosidad y creatividad, le diagnosticaron un melanoma metastásico. «Y yo, que justo estaba estudiando lo bien que funciona el cuerpo humano y cómo actuar cuando falla, me di cuenta de que el tratamiento que necesitaba mi padre no estaba en mis libros de texto. En aquel entonces solo había terapias de los 70 y muy poca supervivencia. Ahí es cuando decidí que estudiaría el cáncer». Entró en el CNIO, en el grupo que estudiaba el cáncer de piel, el que se llevó a su padre. Esas investigaciones y las de muchos equipos a nivel mundial son las que han permitido la llegada de tratamientos como la inmunoterapia y las terapias dirigidas que se traducen en que a día de hoy el melanoma metastásico no sea una sentencia de muerte. Al terminar la tesis, en 2013, Direna se marchó a EE.UU. al Memorial Sloan Kettering Cancer Center, donde estuvo 8 años estudiando las fases más tempranas del cáncer con unas tecnologías muy punteras y rodeada de gente «súper interesante e inteligente». « Buscar vulnerabilidades de la célula tumoral desde que nace permitirá interceptar el cáncer , pararlo en la casilla de salida», explica. Volvió a España, a pesar de que tenía ofertas internacionales atractivas: «Fui a la universidad pública, hice la tesis apoyada por becas públicas y me apetecía volver a devolver en un centro de excelencia». Ahora es jefa del laboratorio 'Inflamación, Plasticidad Tisular y Cáncer' del IRB Barcelona. Reconoce que en ciencia, para conseguir resultados, es muy importante trabajar en equipo: «Todos mis compañeros son casi familia». Una de ellas es Josefina Galván, biotecnóloga, estudiante de doctorado, procedente de Argentina. Sus investigaciones, apoyadas económicamente por la AECC, van enfocadas a entender el rol que puede tener el sistema inmunitario y la inflamación en la evolución del cáncer de páncreas. «Hay muchas terapias que intentan atacar el estado de inflamación característico de los nichos tumorales, bloqueando las respuestas inflamatorias en general. Sin embargo, no toda la inflamación es mala, es más, algunas, son incluso muy necesarias. El objetivo es encontrar terapias más específicas y dirigidas a las células inflamatorias que ayudan al tumor, sin afectar a las que están realizando correctamente su trabajo y patrullando, que son cruciales para que se regenere el páncreas«, detalla Josefina, que cuenta también con un máster en Bioinformática. «La ciencia es futuro, progreso y vida. Cuando eres adolescente da miedo porque parece complicada o sientes la inseguridad de no ser suficientemente listo o válido y eso no es cierto. Es muy satisfactoria: ese sentimiento de saber que lo que haces en tu día a día tiene una implicación tan grande y ser el primero en conocer algo nuevo. Es como ser niño, constantemente jugando», responde María Velasco Estévez, investigadora de la Unidad Cris de Tumores Hematológicos en el CNIO, cuando le preguntamos qué le diría a un adolescente que se esté planteando a qué dedicarse en el futuro. Velasco estudió bioquímica en la Complutense de Madrid. Fue la primera promoción de este grado. Tenía muy buenas notas en Bachillerato y podría haber estudiado Medicina, pero le atraía más la parte de las células porque era lo que más le costaba entender. «Lo macroscópico lo entiendes, pero imaginarte cada célula y la parte bioquímica y el ADN me resultaba más intrigante. Era un desafío», recuerda. Estuvo dos años compaginando los estudios con un trabajo en un laboratorio de la Complutense. Cuando terminó, tenía la inquietud de conocer mundo y se fue un año a hacer un máster de investigación biomédica en Brighton, al sur de Inglaterra. Estando allí empezó a trabajar sobre lo que ahora es su especialidad: mecanorecepción. Esto es « el sentido del tacto que tienen las células . Cómo sienten todo los físico del exterior y cómo reaccionan«, explica. Tras el máster, consiguió una beca estatal en Irlanda para estudiar el doctorado en el Trinity College Dublin. Durante 4 años estuvo entre Dublín, con estancias en Escocia y en Inglaterra. Después pasó por Polonia y acabó volviendo a España por motivos personales tras el Covid. Tuvo la oportunidad de incorporarse a la Unidad Cris de Tumores Hematológicos en el CNIO, donde su línea principal es el origen y recaída en la leucemia mieloide aguda , aunque también trabaja con leucemia linfocítica crónica y glioblastoma. Reconoce que en España hay muchísimo talento joven, pero que la financiación es el talón de Aquiles. «Yo estoy muy bien por el apoyo de Cris contra el Cáncer. Sin su apoyo, me hubiera tenido que ir otra vez. Habiendo vivido en otros países en el mundo anglosajón que invierten muchísimo más, nosotros tenemos mucha menos inversión de la que deberíamos tener y mucho potencial. Es increíble lo bien valorados que están los científicos españoles en el extranjero . Tenemos unas ideas muy frescas, muy buenas, muchas ganas e iniciativas, pero nos faltan recursos«, asegura. Junto a su grupo ha descubierto que tanto en la leucemia mieloide como en glioblastoma, las proteínas que estudian están más altas en los pacientes y además se correlacionan con peor pronóstico. «La implicación clínica es que podemos detectar si un paciente en caso de leucemia mieloide aguda está en mayor riesgo de recaída posterior a tratamiento porque estas células pueden volver a activarse y dar lugar al tumor«, detalla. Ahora están intentando desarrollar nuevas terapias que, junto al tratamiento que ya se da, «bloqueen esa proteína para atacar a las células que se benefician de ella para esconderse y escapar. Así reducimos ese riesgo de recaída, una de las mayores causas de mortalidad», señala. La vocación investigadora le llegó a Andrés muy pronto por una motivación familiar: sus padres y su hermana padecen esclerosis múltiple. «Desde que tenía 15 años y uso de razón experimental quise enfocar mi vida al desarrollo y búsqueda de nuevas terapias para enfermedades autoinmunes», recuerda. Dudaba entre estudiar medicina o bioquímica pero se decantó por la segunda porque no quería aplicar los conocimientos descubiertos por otros, «quería contribuir con la idea y la innovación». Luego vino el máster en Biomedicina molecular. Su carrera iba enfocada a las enfermedades autoinmunes cuando, por cuestiones del azar, en una presentación se encontró con el equipo del doctor Antonio Pérez, que ofertaba un puesto postdoctoral para menores de 30 años con experiencia en terapias celulares, lo que encajaba bien con su perfil. Y así es como acabó investigando nuevos tratamientos en oncología pediátrica . Entre los hitos de este grupo se encuentran dos muy recientes. En octubre de 2025 presentaron los resultados del ensayo de una terapia pionera para leucemia linfoblástica aguda tipo B (LLA-B) pediátrica en recaída o refractaria que salvó la vida de Lucía y otros siete niños sin más opciones de tratamiento . Unos meses antes, en mayo, consiguieron la remisión de una rara enfermedad autoinmune en una niña de 11 años, después de someterla a una innovadora terapia CAR-T sin necesidad de tratamiento inmunosupresor. « Este caso me hizo profundamente feliz porque todos mis años de investigación y trabajo se estaban vertiendo en un caso real que contribuyó al acervo científico«, manifiesta. El cometido del grupo en el que trabaja Andrés es «hacer mejor lo que sabemos que funciona». «Las terapias celulares CAR-T son muy buenas resolviendo casos aparentemente irresolubles por los tratamientos convencionales, pero hay un pequeño porcentaje de pacientes que, aún así, siguen siendo refractarios. Para esos casos buscamos nuevas soluciones, por ejemplo, versiones mejoradas de los tratamientos CAR-T , desde nuevas perspectivas, como la nanotecnología«, explica. Dedicarse a investigación supone que ningún día es igual que otro, y que así como hay días en los que Andrés ha llorado de emoción al ver el buen resultado de sus investigaciones en pacientes, también es un trabajo donde el fracaso es «una constante necesaria». Una de las grandes apuestas del laboratorio en el que trabaja es diseñar terapias celulares efectivas en tumores sólidos, como sarcoma, glioblastoma y neuroblastoma. De hecho, son pioneros en Europa con el ensayo clínico de una terapia CAR-T propia para sarcoma pediátrico. A su 'yo' de 13 años, Andrés París, que además de científico es poeta, le diría: «La belleza de investigar consiste en estar en la frontera del conocimiento y a veces ser el único del planeta que sabe algo. Habrá días duros, horribles, llorarás, estarás a punto de dejarlo un par de veces, pero después de todo, sentirás que todo mereció la pena». Cuando Francisco empezó la carrera de Biología no tenía una vocación especial por el laboratorio. Pero había una parte de biología molecular y celular, de cómo funcionan e interactúan las células, cómo forman los tejidos, que le llamó la atención. Al terminar, un profesor le ofreció desempeñarse en un laboratorio donde estudiaban cómo mejorar procesos de reproducción asistida y FIV, y le gustó. Su forma de trabajar llamó la atención de otro investigador que le ofreció entrar en un grupo que estudia mecanismos moleculares del cáncer también en Extremadura. Además, ha hecho dos estancias en Sevilla, en el Centro Andaluz de Biología del Desarrollo, para aprender técnicas novedosas y poder incorporarlas a su laboratorio. Este joven investigador estudia cómo funciona el cáncer porque, «al igual que el motor de un coche, para poder arreglarlo, tenemos que conocer las piezas», ejemplifica. Y también intentan trasladar esos conocimientos a los pacientes cuanto antes . «Trabajamos directamente con biopsias de pacientes, analizamos patrones moleculares, hacemos cultivos para probar fármacos en pacientes. Ver los mecanismos y luego intentamos diseñar terapias y encontrar marcadores para diagnosticar y pronosticar mejor la enfermedad». Gracias a la estrecha colaboración que tienen con los cirujanos del Servicio de Cirugía Hepatobiliopancreática y Trasplante Hepático del Hospital Universitario de Badajoz tienen acceso a biopsias de tejido sano y tumoral de pacientes, «una colección valiosísima» porque es el modelo ideal para la investigación. El laboratorio de Francisco ha encontrado una combinación de marcadores que antes no se conocían para pronosticar el grado de malignidad del cáncer de hígado, que cuenta con una supervivencia bajísima (10-14% a 5 años), en estos pacientes analizados. «Eso puede ayudar a los médicos a saber, haciendo una prueba con esa combinación de marcadores, el pronóstico de la enfermedad antes del tratamiento o la cirugía». Desde 2024, forman parte del megaproyecto Aspire, financiado íntegramente por la AECC, en el que participan 40 centros de España, liderados por los doctores Josep M. Llovet Bayer y Xosé R. Bustelo. Se trata de un ensayo clínico con inmunoterapia en pacientes de cáncer de hígado . De esos pacientes se van a obtener múltiples biopsias antes, durante y después del tratamiento. «Vamos a analizar absolutamente todo: patrón molecular, patrón metabólico, microbiota... para generar una IA predictiva para futuros casos y con esas muestras se van a probar fármacos en las propias células de los pacientes. De esta forma, podremos conocer los mecanismos totales de la enfermedad y buscar alternativas para los pacientes en los que no funcione el ensayo», detalla.