La comunidad gallega se enfrentó el pasado verano a la peor ola de incendios del siglo como consecuencia de un cóctel de sequía, altas temperaturas, vientos fuertes y acumulación de biomasa en el monte. Junto con la acción humana, se desencadenó una serie de fuegos forestales simultáneos que alcanzaron dimensiones nunca vistas antes en Galicia. Se quemaron casas, cementerios, explotaciones agrarias, infraestructuras públicas y, por supuesto, miles de hectáreas de monte, además de desalojos —la proximidad de las llamas a núcleos poblados obligó a más de 2.200 confinamientos y a 400 evacuaciones—, carreteras y vías férreas cortadas y hasta ocho brigadistas heridos.