Manuel Vilas: historia casi verídica de un desamor

Cuando abordamos la lectura de un texto siempre lo hacemos bajo lo que suele llamarse el «pacto de lectura», que es el contrato tácito establecido entre autor y lector y que permite que, por ejemplo, un artículo de divulgación científica no sea leído como un cuento de ciencia ficción o una novela histórica no se entienda como un documento verídico. Pero el género de la autoficción, que se ha puesto tan de moda en los últimos años, vino a trastocar esta máxima, a poner en contradicción algunos conceptos. La autoficción no se rige propiamente por ningún pacto de lectura, sino que se estructura a partir de la transgresión y al mismo tiempo del préstamo de ciertos aspectos de dos pactos de lectura específicos: el autobiográfico y el novelesco. La autoficción sostiene la identidad visible o reconocible del autor y lo transforma en el narrador y en personaje de un texto de ficción, es decir, de un texto que mediante el pacto novelesco no pretende, no debe, no debiera, ser leído como verídico, por mucho que se acerque a la realidad. De esta manera, el escritor de autoficción no tiene por qué decir necesariamente la verdad, la literalidad de los hechos, aunque hable de sí mismo. Porque en este tipo de texto no solo se escribe de lo que fue, sino de lo que pudo haber sido, en un vaivén que se bambolea entre datos reales y ficticios. Esto ha permitido construir un punto de vista novelesco diferente y por tanto una forma de narrar menos sujeta a la acción, más libre y, sin duda, más personal. Sin embargo, también ha derivado en una especie de logotipo cansino, porque el lector puede llegar a aburrirse de leer la vida personal de los autores, que no suele ser una gran aventura. Pero hay que admitir que ofrece nuevas perspectivas. Con llegada de la autoficción el novelista ya no precisa inventarse un mundo imaginario, unos personajes, un paisaje. Con la autoficción no requiere de un andamiaje, le basta con recrearse a sí mismo (y a sus seres próximos) instalándose en el eje de la acción como único paisaje posible. El autor intenta así que lo autobiográfico se convierta en una marca de autenticidad, aunque ello implique una confusión (puede que interesada) entre su vida y la trama de sus novelas, es decir, entre lo real y lo literario.