Es agotador. No tanto por la validez de los objetivos que escoge en cada jugada, sino por la falacia de la táctica que utiliza. Es cierto que hay temas que tienen mucha trascendencia valorativa, y que deben formar parte de la agenda de cualquier gobernante. Pero siempre que tal gobernante gobierne. Cuando, en cambio, la política se convierte en una interminable retahíla de gestos de gran ruido, más pensados para el dominio del relato mediático que para el ejercicio efectivo del servicio público, entonces no hay política, hay marketing y propaganda. Es decir, no hay estrategia ni proyecto, hay pura táctica.