La llamada «meca del cine», es lo más parecido que existe a la conciencia colectiva de USA y, de un modo u otro, del imperio que encabeza y del que formamos parte. En ella contienden una mala conciencia que se expresa con feroz autocrítica y el pastiche edulcorado o la soflama patriótica. La purga de cineastas del macartismo (1950-1956) fue el penúltimo intento de domeñarla. Controlar la industria por arriba -hablo ahora de una Paramount trumpista haciéndose con el imperio Warner- puede ir dejando esa conciencia sin oxígeno, y a la postre sin audiencia (como el Washington Post en la prensa), algo que parece lejano, pero nos acabará llegando a la sala de cine y la pantalla. Lo que hace más temible el trumpismo es su previsible durabilidad, apuntada por la longitud en el tiempo de sus ambiciones y la latitud de su espectro, que además de la conciencia diaria (los medios) incluye la profunda