Las palabras documentos desclasificados tienen un poder particular. Nos llevan a rincones conspiranoicos, lejos del mundanal ruido político. Vibran con un estruendo especial. Son una llave maestra que se presenta al mundo con la promesa de abrir puertas selladas por décadas de silencio. O ensordecidas por los decibelios de teorías que enraízan en lo más profundo. Un resquicio para que el aire entre en habitaciones cargadas de polvo institucional y, con suerte, iluminar rincones lúgubres de la Historia. Suenan a 22-11-63 o JFK, si se permite la analogía hollywoodiense. El intento de golpe de Estado del 23-F es nuestro asesinato de Kennedy. Una caja negra nacional esperando a ser abierta toda vez quebró el tabú. Cuando se cumplían 45 años del fracaso militar, el Gobierno, vía Pedro Sánchez a través de un mensaje en X, anunciaba que el Consejo de Ministros del 24 de febrero desclasificaría todos los documentos del 23-F. Reclamo a bombo y platillo que encendió la maquinaria de lo que podía ser… pero nunca fue. Cuando llegó el momento y Moncloa destapó la Caja de Pandora, lo que de ella salió no fue una revelación, sino un suspiro de alivio burocrático. Un relato sin épica y casi funcionarial de lo que ya se sabía, más allá de los lamentos telefónicos de la mujer del recientemente fallecido – ironías de la vida – Antonio Tejero. En términos más prosaicos, un gatillazo. La tan cacareada desclasificación, nacida de la respuesta para con la Memoria Democrática, alimentó las expectativas de toda una nación ávida de conocer los recovecos de lo que ocurrió antes de la ejecución del plan para acabar con la neonata democracia española. El clásico hype que lleva al espectador a aplaudir hasta la extenuación mientras proyectan en la pantalla el regreso de Han Solo, Chewbacca y el Halcón Milenario bajo la fanfarria legendaria de John Williams. El resultado final fue prácticamente idéntico al colofón de la trilogía de los Skywalker: decepción absoluta. Todos nos contagiamos del afán presidencial por cumplir con la deuda. Imaginamos por un momento la exposición de documentos que señalaban a altas instancias del Estado conchabadas con los nostálgicos castrenses, cables reveladores, informes que alumbraran las reuniones nocturnas para planificar el regreso de una "España grande" y lo que ocurrió realmente aquella tarde de 1981, cuando Tejero y sus secuaces irrumpieron en el Congreso, pistola en mano, y congelaron la democracia española. Incluso se especulaba con la posibilidad de apareciera alguna conversación furtiva que revelara el verdadero papel de Juan Carlos I. Nada de eso. Es más, la desclasificación no sólo ha servido para restituir la figura del emérito, sino que ahora le vale como pasaporte para regresar a España – con un sinfín de condicionantes -. Puertas abiertas para un monarca sobre el que aún pesan innumerables escándalos fiscales y líos de faldas. La pelota está en su tejado. Y es que los papeles del 23-F no aportan nada al debate público, sino que refuerzan el relato oficial. Deseos reales mediante, la operación...