La victoria franquista en la Guerra Civil española se fraguó gracias en buena parte a una ofensiva que blandió unas armas distintas de las que se disparaban en el frente bélico: el hambre, la propaganda, la diplomacia y la infiltración en el corazón de la cúpula republicana. Militarmente, en los últimos meses del conflicto, «la República está en un escenario complicado desde la batalla del Ebro [que terminó en noviembre de 1938], pero aún tenía muchas grandes ciudades, importantes bases navales, puertos, medio millón de combatientes y una población de diez millones de habitantes, además de un ejército todavía fuerte en Levante y en el Centro». Fue entonces, apunta el historiador Gutmaro Gómez Bravo, cuando el cuartel general de Burgos [que Franco estableció como base de operaciones y capital del bando sublevado] desplegó una estrategia que buscaba rendir al enemigo más que combatirlo: se volcó en captar a la población y volverla en contra de la República y en promover que toda esa masa se rindiera en vez de permitir que alargaran la contienda o hicieran una guerrilla. Ese fue el trabajo de la inteligencia, del SIPM [Servicio de Información y Policía Militar franquista]».