La inteligencia artificial (IA) tiene inmensas posibilidades para mejorar la vida en casi todos los ámbitos, especialmente con avances importantes en la ciencia y en la medicina y con aplicaciones en el día a día que simplifican numerosos procesos para buena parte de la humanidad. Pero también presenta un lado oscuro que tiene diferentes vertientes: el riesgo de que suponga la pérdida de millones de puestos de trabajo, el mal uso que se puede hacer de ella (lo hemos visto recientemente con los desnudos de menores de edad, por poner un ejemplo), la influencia que ejerce en los jóvenes o su posibilidad de modificar conductas; muchas de estas cuestiones tienen que ver con su dimensión ética. Y esa preocupación también ha llegado hasta la Organización de las Naciones Unidas (ONU).