Mestalla fue el escenario de una regresión en toda regla. Osasuna se empeñó en rescatar del baúl de los recuerdos aquel fútbol espeso y desdibujado del mes de noviembre, ese que nos dejó tiritando de frío futbolístico y dudas existenciales. No fue un accidente, fue un déjà vu con tintes de pesadilla: el equipo volvió a mutar en ese bloque plomizo y sin alma que parecía haber quedado atrás. Y la casualidad, que en este deporte suele llamarse dependencia, volvió a señalar al palco de los ausentes con una obviedad pasmosa. Porque, casualmente —o no—, este Osasuna que gripa el motor es el mismo que comparece sin Aimar Oroz al mando. Sin el mago de Arazuri, la luz se apaga y el equipo se queda a oscuras, repitiendo los mismos vicios que nos amargaron el otoño.