En el Congreso, cuando alguien pulsa el botón del voto telemático, queda registrada la presencia y la ausencia. Figaredo pidió ese voto a distancia. Qué curioso, alegó paternidad. La palabra sonó limpia, tierna, incluso celestial. Qué buen padre es este hombre que siempre parece indignado y ultrajado porque su amor por su país es tan profundo que le duele ver cómo estamos siendo invadidos por los inmigrantes. Mientras tanto, en Castilla y León se celebraba un acto de Vox con sus consiguientes micrófonos, banderitas, aplausos y discursos exaltados. La política convertida en mitin itinerante. No es un detalle menor, ni una simple anécdota. Es justo la grieta por donde se cuela el cinismo y la estupidez supina, la del propio Figaredo, que no sirve ni para ser un canalla y eso que en sus propias filas le podrían dar lecciones. Ese émulo del empollón repelente que todos tuvimos en primaria votó en contra de ampliar la baja de paternidad. Dijo no cuando resulta necesario que miles de padres precisen tiempo para cuidar y estar presentes. Sin embargo, cuando la agenda aprieta, de repente, la baja de paternidad es útil y necesaria para sus intereses. Sirve para pulsar un botoncito cualquiera desde lejos cubriendo un hueco reglamentario y así blindar su nómina. Luego, silencio. Nada de explicaciones claras y convincentes. Figaredo no está para eso, sino para señalar a los inmigrantes o al Perro. A él se le dan mucho mejor las evasivas y vender cortinas de humo. Esa doble vara no es nueva. Se legisla para el vulgo, se flexibiliza para uno mismo. Se niega el derecho social en el pleno porque para eso Vox es un partido destructor, sin ideas sociales ni nada semejante, válgame Dios. Mientras tanto, fuera del hemiciclo, hay trabajadores a quienes se les niega un día libre o autónomos que no pueden apagar el móvil. Prevalece siempre la impunidad política.