La casa tendría un zaguán con un poyo a cada lado (no porque considere útil algo de asiento en la entrada, sino por el placer que me produce ver esos bancos arrimados a las paredes), y un patio columnado, con un mosaico de chino cordobés y una fuente pequeña, sería su eje. En la planta baja estarían, además, el salón, la cocina y un baño, las estancias visitables; en la primera planta, los dormitorios, un despacho y otro baño, las estancias privadas. Por último, en la planta alta habría un cuarto para la lavadora y una azotea, en la que organizaría tertulias con personas que no se diesen demasiada importancia a sí mismas. En cuanto a la ubicación, elegiría el barrio de Santa Marina. Así sería la casa patio en la que me gustaría vivir y en la que, lamentablemente, nunca viviré. No leeré con los pies en alto en mi patio encalado, no me acompañará el rumor de la fuente durante el trajín doméstico. Es una lástima, aunque el tema tampoco arruina mis días. Tan solo sonrío melancólicamente cuando escucho a los turistas, asomados a alguna puerta, decir: «Mirad, así es una casa típica cordobesa». Porque pocos cordobeses viven en una casa patio. Porque se ha impuesto la uniformidad y la rentabilidad insípida. Porque estamos condenados, al parecer, a vivir en los edificios de moda, los cebra, los mismos que se construyen en Tarragona, Lugo o Tarancón. Es una batalla perdida.