La carne importa

A veces conviene mirar al pasado. Un santo del siglo segundo, Ireneo de Lyon, combatió en sus textos la antigua herejía de los gnósticos, que niega el peso de la realidad. Surgido en Oriente, el gnosticismo enseñaba que el mundo visible es una ilusión creada por un demiurgo menor. El odio a la carne seguramente nació en aquel momento en que los viejos dioses morían y en que se expandía el cristianismo por la cuenca mediterránea. Los gnósticos creían que la salvación era una cuestión de conocimiento interior, de ascenso hacia una luz exenta de la corruptibilidad del cuerpo. A Ireneo y a los primeros cristianos esta doctrina los escandalizó. Estaba en juego la misma resurrección del Señor, que había vuelto a la vida en un cuerpo glorioso. Ni siquiera la redención había logrado borrar sus llagas. Lo real no puede sustituirse por una representación, por muy perfecta que sea.