Los que ya hemos cruzado con holgura la frontera de la cincuentena recordamos bien cómo llegaba el mes marzo. No por la primavera asomando tímidamente -que también- ni por los días que empezaban a alargarse, sino porque aparecía en el calendario una fecha solemne: el Día de la Mujer Trabajadora. Así, con todas sus letras, como si hubiese que aclarar algo. Como si existiera otra categoría invisible de mujeres que, al no figurar en una nómina, no trabajaran.