Juro que no recuerdo un Celta como este. Es algo que va más allá de resultados, de clasificaciones europeas y de esos debates que giran siempre en función de hacia dónde haya caído la pelota (el fútbol, para demostrar su estupidez, es el único deporte en el que alguien puede defender dos ideas completamente diferentes solo por el hecho de que un remate haya ido un metro desviado). Tiene que ver con la personalidad, con la fe ciega en una idea. Hace tiempo que mi mente ha ido relegando al equipo de Víctor Fernández en el orden de preferencias aunque en el imaginario popular aún conserve la equivocada etiqueta del mejor Celta de la historia. No lo es de ninguna manera. Se trataba de un equipo deslumbrante en cuanto a nombres (dudo que este club vuelva a tener tal cantidad de internacionales en una misma alineación), que con viento a favor era una delicia verlo jugar, al que motivaba por encima de todo los grandes escenarios y los rivales gigantescos (la promoción personal de aquel vestuario era obsesiva) pero que demasiadas veces se dejaba llevar por la desgana en esos domingos rutinarios, de viajes pesados y campos incómodos, donde al primer revés en contra respondía casi siempre con desesperación y rara vez era capaz de sacar una versión más lúcida. Le daban pereza ciertos partidos y por ahí se le escapó la gloria para siempre.