A más de cuatro metros de profundidad, entre muros anegados por el agua y capas de tierra acumuladas durante generaciones, dormía un barrio entero de la Malaca romana. Como adelantó este periódico, este martes, tras dos décadas de excavaciones, informes técnicos, bombeos a priori que parecían imposibles y restauraciones milimétricas, esa ciudad subterránea sale a flote y a la luz. No es una metáfora: es una domus con patio, una factoría de salazones, una tienda abierta a la calle y una fuente monumental decorada con peces que vuelven a “nadar” en sus muros. El Museo Carmen Thyssen amplía su relato artístico hacia muy atrás, hasta el siglo I. Esta joya malagueña emerge. Bajo el suelo de la pinacoteca, en pleno corazón de Pozos Dulces, unos 700 metros cuadrados de historia que revelan cómo vivían, producían y comerciaban los habitantes de aquella ciudad antigua, entre el siglo I y comienzos del VII.