El hombre sin sueño

El húngaro Paul Kern es uno de los personajes más sorprendentes del siglo XX. Había nacido en Budapest el 8 de enero de 1884 y cuando estalló la Primera Guerra Mundial él tenía treinta años. Se enroló en el Ejército austro-húngaro y comenzó a destacar por su ardor guerrero. Asaltaba trincheras con gallardía y en poco tiempo ascendió a cabo y comenzaron a condecorarle por sus valerosas acciones en combate. En Moravia, el 24 de junio de 1915, todo cambió para él. Un soldado ruso le disparó en la cabeza y Paul se desplomó abatido, aparentemente muerto. Pasó horas inconsciente en el barro hasta que sus compañeros lo trasladaron al hospital de Lembreg, donde no daban un duro por él. El proyectil se le había alojado junto al cerebro y el soldado estaba en coma. Le extrajeron la bala, pero le dieron la extremaunción. Una semana después, contra todo pronóstico, despertó. Y no solo eso: se encontraba estupendamente. Hablaba normal, recordaba todo y se movía cual felino, como antes. Sin embargo, con los días descubrieron que algo fallaba: Paul no podía dormir. Ni un segundo. Los doctores, de nuevo, lo dieron por muerto: «En diez días morirá por el aumento de la presión sanguínea». Una vez más fallaron. El hombre milagro empezó a trabajar en Correos y como no pegaba ojo de noche recorría los bares de Budapest, contando su historia. Su caso fue investigado por las eminencias médicas de la época y durante cuarenta años Paul vivió insomne. No dio ni una cabezadita. Hasta que en 1955 un fulminante infarto acabó con su vida. Ahora sí que pudo dormir. Toda la eternidad.